La crisis climática ha entrado en una fase de aceleración alarmante. Un estudio publicado en Geophysical Research Letters revela que el planeta se calienta ahora casi al doble de velocidad que en décadas anteriores, con una certeza estadística superior al 98%. Esta no es una predicción más: es la confirmación científica de que el colapso ambiental se acelera mientras los gobiernos siguen bailando al ritmo del extractivismo. La tasa de calentamiento global saltó de aproximadamente 0,18°C por década antes de 2014 a unos 0,35°C por década desde 2015, según el análisis liderado por Stefan Rahmstorf del Instituto Potsdam.
Los investigadores analizaron cinco bases de datos climáticas globales, incluyendo las de NASA y NOAA, eliminando factores naturales como El Niño y erupciones volcánicas para aislar la señal humana. Los resultados son contundentes: la aceleración comenzó a hacerse evidente entre 2013 y 2014, al tiempo que las emisiones de combustibles fósiles seguían su curso destructivo. Esta velocidad de calentamiento es la más alta desde que comenzaron los registros instrumentales en 1880, un dato que debería hacer sonar todas las alarmas.
El impacto es devastador: si esta tendencia continúa, el planeta superará el límite de 1,5°C del Acuerdo de París antes de 2030, mucho antes de lo previsto. Por otra parte, la reducción de contaminantes atmosféricos como el dióxido de azufre del transporte marítimo, aunque positiva para la salud humana, eliminó una "pantalla" que reflejaba parte de la radiación solar, dejando al descubierto el verdadero impacto del cambio climático. En paralelo, fenómenos extremos como tormentas, inundaciones y sequías se intensifican, desplazando a millones de personas en todo el mundo.
Esta aceleración confirma que las soluciones individuales y los mercados de carbono son insuficientes. Necesitamos transformaciones estructurales profundas que pongan freno al modelo extractivista. La ciencia nos da menos tiempo del que creíamos, pero también nos muestra que solo la acción colectiva y la solidaridad entre pueblos pueden enfrentar esta crisis civilizatoria. El planeta no espera, y los pueblos tampoco deberían hacerlo.