En este aniversario de su nacimiento, el mundo vuelve los ojos a Santiago de Chuco. No celebramos a un autor de libros: honramos a quien convirtió el sufrimiento en herramienta de conciencia frente a un sistema que deshumaniza.
Vallejo llegó como un rayo. Con Los heraldos negros demostró que el dolor es la marca más honda de nuestra especie. Su pluma no buscaba adornos burgueses. Se atrevió a cuestionar la justicia divina por crear seres destinados al padecimiento. Su paso por la cárcel de Trujillo parió los versos de Trilce, el texto más radical de las vanguardias. Allí rompió con la retórica tradicional, exploró la animalidad del hombre y la crudeza de la existencia sin concesiones.
La etapa europea estuvo marcada por la precariedad y la entrega política. Vallejos conoció la soledad de las urbes y el frío de la exclusión. En sus Poemas humanos la voz se vuelve solidaridad con quienes no tienen ni un pedazo de pan. La Guerra Civil Española lo encontró en la primera línea del compromiso. Transformó ese conflicto en símbolo de resistencia popular contra la opresión.
Hoy su legado habita en los trabajadores que resisten la voracidad del capital. Vallejo es el poeta de la esperanza en las capacidades humanas. Recordarlo implica rechazar la indiferencia ante el hambre. Su nombre es bandera de soberanía para nuestra América. La palabra vallejiana sigue quemando: nos enseña que la verdadera revolución nace de sentir el dolor de los demás como propio.
Traspié entre dos estrellas
¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!
Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.
¡Ay de tánto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!
¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!
¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!
¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!
¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, ñpor orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez; amado sea
el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!
¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!
¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!