La arremetida contra Brígida Curo, candidata a la vicepresidencia por Juntos por el Perú, no es solo judicial. Es también un ajuste de cuentas racial. Mientras la Fiscalía Antiterrorismo la investiga por disturbios —derivados de las protestas en Puno de 2023 donde 18 personas murieron bajo represión estatal—, los medios de la derecha han encontrado el filón perfecto para desacreditar a una mujer que no viste saco y corbata.
La investigación fiscal comenzó en la Fiscalía Provincial Penal Corporativa de Puno y luego fue elevada a la instancia que trata disturbios. Pero el relato mediático la ha convertido en una "terrorista". Aprodeh y el investigador Oswaldo Bolo lo definen claro: el terruqueo es una práctica discursiva para invalidar moralmente a personas y reclamos sociales. Y aquí se aplica con precisión quirúrgica.
Lo que realmente incomoda a la elite no es el expediente fiscal. Es que Brígida Curo usa pollera y sombrero. Es que viene del sur. Es que no tiene un título en políticas públicas pero sí una formación como dirigente comunal y exregidora. ¿Cuántos políticos de traje y corbata han sido cuestionados por su falta de preparación? La respuesta es obvia. Para el imaginario racista peruano, el blanco y el mestizo no tienen que demostrar nada. El indígena, sí.
En CTVE, la conductora Claudia Toro la llamó "la reina de la whipala" entre risas de sus invitados. "Ya salió el cuy como decimos en la sierra", soltó. Reducir a una candidata a un chiste folclórico no es periodismo: es violencia simbólica. DHUMA ya lo advirtió: cuestionar a una mujer por su origen o su vestimenta no es debate político, es violencia.
Perú no está dividido por candidatos ni partidos. Lo divide su incapacidad histórica para entender lo distinto. La interculturalidad que pregona el Convenio 169 sigue siendo letra muerta. Y en esta campaña electoral, el terruqueo y el racismo se dan la mano para intentar cerrarle la puerta a quienes siempre estuvieron afuera.