Katya Colmenares abrió su intervención con una inquietud personal: cómo se gestó una obra con la potencia crítica de la de Karl Marx. La respuesta la llevó lejos de la crítica de la economía política y la instaló en otro terreno. Dijo que la teoría del autor de El Capital sigue vigente y que la pregunta de fondo era cómo desarrollar pensamiento crítico en la filosofía política, la sociología, la pedagogía. El método implícito en esa obra, sostuvo, se lo enseñó Enrique Düssel, presente desde 2002 y hasta su partida hace un par de años.
Colmenares explicó que a Düssel le llevó diez años leer todo lo que Marx escribió alrededor de su investigación sobre el capital, y que reconocía cuatro redacciones de esa obra. Juan José Bautista sostenía que eran cinco, porque el primer tomo se reeditó en el 67 con cambios. Para la expositora, esas diferencias importan menos que el hallazgo de fondo: la vida atraviesa toda la investigación de Marx y conecta el sistema de categorías de la economía política moderna. Todo lo que tiene precio lo tiene en relación con la vida.
Sobre esa base distinguió el aparecer del ser. Una mercancía se presenta ante los ojos, pero detrás hay un entramado que no se ve. Marx arranca por las mercancías, igual que Hegel en la fenomenología del espíritu, aunque el alumno se declara irreverente y pretende poner la dialéctica sobre sus pies. El objeto tiene utilidad, que remite a las necesidades de la vida, y precio de cambio, que implica tiempo de vida humana. Ese tiempo se mide en horas, pero su contenido es cualitativo.
La vida no tiene precio, tiene dignidad. Los valores vienen después y sirven para establecer criterios de reproducción de la vida. El capitalismo desfasa ese objetivo: la reproducción humana deja de ser la finalidad del sistema. De ahí que Colmenares insista en hablar de modos de producción y reproducción de la vida. No se producen solo objetos: se producen sujetos, consumidores, ciclos enteros que no pueden pensarse por separado.
El problema del método, dijo, es que exige unir dos ámbitos que la modernidad separó. Retomó una entrevista que le hizo a Franz Hinkelammert para la revista Tabula Rasa, número 48. Allí el filósofo lo resumía así: todo lo material es espiritual, y todo lo espiritual es material.
Colmenares ilustró esa unidad con una escena cotidiana. Si alguien tiene hambre y le tiran un plato de comida al piso, ahí están las vitaminas y las proteínas, pero esa comida no satisface humanamente. El estómago se llena; la dignidad no. Lo humano se reproduce siempre con sentido.
La época moderna, planteó, también tiene su horizonte utópico, aunque más bien distópico, porque reproduce la muerte más que la vida. Modernidad y capitalismo son dos lados de un mismo entramado, y la civilización moderna funciona como el aire que respiramos. Pero la vida es anterior y trascendental a la modernidad, es transmoderna, y por eso conserva la potencia de cuestionar y romper los diques.
En el primer volumen de los catorce que Düssel dejó para publicar en Editorialacal, dentro de la Biblioteca que lleva su nombre, el filósofo propone una denominación para esa nueva etapa. Frente al antropoceno, habla de ecoceno: una edad en que la humanidad redescubra la ecología y retorne estéticamente hacia la naturaleza. Colmenares cerró con el postulado de la humanidad, formulado por Düssel: vivir de tal manera que la vida sea perpetua.