CUANDO LA ESCUELA PIERDE EL NORTE DEL PENSAMIENTO
Educativa

CUANDO LA ESCUELA PIERDE EL NORTE DEL PENSAMIENTO

(★) .- Una charla en CLACSO TV con Guillermo Volkind desnuda cómo la disociación entre teoría y práctica, el individualismo extremo y la rendición ante la tecnología están vaciando de contenido la educación.

El pedagogo Guillermo Volkind, maestro egresado de la Escuela Normal Mariano Acosta, psicólogo social y exdirector de escuela primaria, no disimula su orgullo por ese título de “maestro” que la dictadura de Hongania intentó borrar. Su mirada cruza todas las aulas donde alguna vez estuvo y donde hoy la educación se debate entre la resistencia y el abandono.
Para Volkind, el problema de arranque es la disociación entre teoría y práctica que la universidad misma reproduce como un mandato de clase. “El que piensa está por sobre el que hace”, denuncia. Esa grieta no es inocente: estratifica, jerarquiza, y termina ignorando que quien está en el aula también piensa, aunque no siempre pueda enunciarlo en términos académicos. De ahí su obsesión por entender las concepciones que cada docente ya trae en la cabeza y ayudar a ponerlas en cuestión, en lugar de bajar teoría desde un pedestal.
Pero el panorama se complica cuando se suma el individualismo hegemónico. Volkind lo ubica después de la caída del Muro de Berlín: el discurso del “vos querés, vos podés” se instaló con la tecnología y vació lo colectivo de contenido. La escuela intenta remar contra eso mientras los pibes ya no pueden verse a dos años, mucho menos a diez. Escuchó a estudiantes decir “no sé si dentro de cinco años voy a estar vivo”. Así, la inmediatez hedonista reemplazó cualquier proyecto compartido.
En ese marco, la escritura a mano, sobre todo la cursiva, no es un capricho de viejos. Volkind explica que implica una complejidad motriz y neurológica superior a la letra de imprenta, que nació para la máquina, no para el ser humano. Cuando se deja de lado sin evaluar las consecuencias, el lenguaje se empobrece y el pensamiento también. Menos capacidad de expresión es menos elaboración. Y cuando falta la palabra, entra el emoticón, el automatismo, la contracción vacía.
La inteligencia artificial aparece entonces como ese espejo complaciente que nunca se cansa ni contradice. Para Volkind, el riesgo más grave no está en la herramienta en sí, sino en que los pibes —y los adultos también— se conviertan en “usuarios subordinados” que entregan el valor de verdad a un algoritmo. La diferencia con un usuario inteligente es la autonomía: saber que la IA es un instrumento, no un terapeuta ni un mejor amigo. Pero cuando el humano físico cansa, cuando cuesta sostener la mirada del otro, el reemplazo virtual seduce.
Sobre la violencia escolar, el pedagogo es contundente: la escuela no está detectando las señales previas ni interviniendo antes de que coagule la tragedia. El caso de Santa Fe —un pibe que mató a un compañero y recibió una calificación baja de su grupo virtual porque no cumplió con la cuota de tres víctimas— no es un hecho aislado sino la punta de un iceberg que incluye abandono, consumos, falta de sostén adulto y un sistema burocrático que persigue antes que acompañar.
El desafío final, dice Volkind, es aprender a tolerar la diferencia y construir un propósito común que no se reduzca a las características personales de cada uno. Mientras tanto, la escuela sigue siendo ese escenario donde todo lo que pasa socialmente se dramatiza en vivo, y donde los pibes —siempre depositarios, siempre sospechados, siempre el futuro que nunca llega— esperan que algún adulto convincente les demuestre que vale la pena pensar por sí mismos.