EL DÍA QUE LA ESPERANZA SE VOLVIÓ PROPIEDAD AJENA
Reflexión | Analisis Político

EL DÍA QUE LA ESPERANZA SE VOLVIÓ PROPIEDAD AJENA

(★) .- Un relato de infancia entre ollas comunes y balas lejanas, donde el hambre fue la primera lección de un país que cambió para siempre. Basada en nota publicada en liberacion.cl

El 11 de septiembre no empieza con bombas. Empieza con un niño de siete años escuchando la voz de Allende entre el humo del cigarro, en una olla común de comienzos de los ochenta. Lo echaron de la pieza donde sonaba la grabación, pero alcanzó a oír al Presidente despidiéndose. No entendía nada. Solo entendía el hambre. Las caras flacas, sin maquillaje, llenas de cansancio. Los marinos sitiando a los ratis en Bilbao, en Talcahuano, a pocas cuadras de la casa, y las balas que se oían mientras los suyos se escondían en el patio.
Después vinieron otras historias: los compañeros de trabajo del padre llegando al sindicato para marchar contra la reforma portuaria. La injusticia que arde y no se apaga. Ese niño no escogió nacer donde nació. Tampoco escogió vivir lo que vivió. Pero décadas después tuvo que reconstruir su propio relato, buscando explicaciones para entender el porqué de su propia historia. Aprendería algo de política, sí. Pero también algo más incómodo: que detrás de los grandes acontecimientos existen historias pequeñas que no aparecen en los libros. La de los niños que crecieron con hambre, la de los trabajadores que perdieron sus organizaciones, la de las familias que aprendieron a vivir con miedo.
El 11 de septiembre no fue solamente el día en que terminó el gobierno de Salvador Allende. Tampoco fue solamente el comienzo de una dictadura brutal. Fue el día en que el sueño de muchos se volvió la propiedad de pocos. Lo que estaba en disputa no era solo quién ocupaba La Moneda. Era qué país se quería construir, quién debía tener el poder económico, qué significaba la propiedad. Sobre las ruinas de ese sueño se construyó un país que todavía habitamos. Los beneficiados fueron los menos. Los costos los pagaron quienes habían soñado con un Chile próspero para muchos.
Hoy quedan cada vez menos personas capaces de decir yo estuve ahí. El tiempo hace su trabajo. Llegará un momento en que nadie podrá contarnos directamente cómo sonaron las balas, cómo se vivió el miedo, cómo se escuchó la voz de Allende por una radio. Entonces quedarán los relatos. Este es apenas uno de ellos. Porque un país puede cambiar. Los sueños pueden ser derrotados, pero también pueden volver a ser soñados. Mientras alguien sea capaz de volver a soñarlo, todavía es posible construirlo.