Un estudio demoledor del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA revela que el 83,5% de la fuerza laboral formal enfrenta vulnerabilidad alimentaria en sus horas de trabajo. Solo el 16,5% está libre de privaciones nutricionales, cifra que expone la brutal erosión del poder adquisitivo bajo el modelo económico vigente. La investigación, basada en 1.171 casos, muestra cómo el ajuste neoliberal recae sobre los cuerpos de quienes trabajan.
El 61,1% de los asalariados reconoce saltearse comidas por falta de recursos, con un 14,4% que lo hace regularmente. Entre jóvenes de 18 a 29 años, la cifra escaló al 70,7%, evidenciando cómo la precarización laboral se traduce en hambre concreta. El 78,5% opta por alimentos menos nutritivos para abaratar costos, porcentaje que llega al 86,7% entre quienes perciben menos de $800.000 mensuales. La situación es más crítica en el sector público, donde el 33% directamente no come durante la jornada, duplicando al sector privado.
La desigualdad se profundiza: el 56,2% sufre doble privación (no comer y elegir mala calidad nutricional). Los trabajadores no calificados alcanzan el 71,1% de afectación, frente al 38,5% de profesionales. Las regiones más postergadas como el NEA muestran indicadores alarmantes, con el 50,1% sin alimentación laboral. La falta de apoyo empresarial es estructural: el 55,6% no recibe ningún aporte para alimentación, beneficiando solo a empleados de grandes empresas.
El gasto diario presiona salarios ya deteriorados: el 43,9% destina entre $5.000 y $10.000 diarios para almorzar, y un 20% supera los $10.000. La comida dejó de ser un derecho para convertirse en costo que erosiona ingresos. Incluso quienes comen lo hacen en condiciones indignas: el 41,5% come en el escritorio, el 53,1% junto a la computadora cuando no hay infraestructura, y el 32,3% come en soledad.
Esta radiografía muestra cómo el hambre laboral se normaliza como mecanismo de ajuste. La alimentación dejó de ser un aspecto secundario para transformarse en termómetro de la crisis social. Cuando tener empleo no garantiza ni la comida básica durante la jornada, el sistema revela su fracaso estructural. La salud de la clase trabajadora se sacrifica en el altar de la rentabilidad, configurando un escenario donde la productividad se construye sobre estómagos vacíos.