El cierre de Fate tras 85 años de historia marca un punto de inflexión dramático en la destrucción del tejido industrial argentino. Con 920 despidos, la emblemática fábrica de neumáticos se suma a otras nueve empresas que colapsaron en febrero, configurando un escenario de desmantelamiento productivo sin precedentes. La falta de competitividad frente a las importaciones masivas de caucho asiático, combinada con la brutal caída del consumo interno, expone las contradicciones del modelo económico vigente.
La crisis se extiende como epidemia por múltiples sectores. Stellantis suspendió la producción de Peugeot y Citroën en El Palomar hasta marzo por desplome de ventas. El frigorífico Paty dejó en suspensión a 450 trabajadores. Lácteos Verónica cerró tres plantas afectando a 600 empleados. La histórica fábrica de caramelos Marengo, que llegó a lanzar golosinas con el lema "No hay plata" en alusión y homenajeando a Javier Milei, terminó traspasando su planta. Metalfor, líder en pulverizadoras, sucumbió al peso de deudas impagables.
La avícola Tres Arroyos planea despedir a 450 trabajadores por la invasión de pollo brasileño. La cadena patagónica La Anónima enfrenta incobrables por 20.000 millones de pesos. Corona cervecera ofrece retiros voluntarios para 60 de sus 140 empleados. La tradicional cordobesa La Paila baja definitivamente sus persianas. Este desfile de derrotas industriales ocurre en un contexto donde el Estado abandona su rol protector, siguiendo la lógica de desregulación total que caracteriza al gobierno actual.
El análisis de Carlos Heller en Página/12 señala que Argentina va a contramano mundial. Las potencias industriales implementan proteccionismo para preservar empleo, pero aquí se profundiza la apertura indiscriminada. La nota de LM Diario alerta sobre un "industricidio" por la invasión de productos chinos y el atraso cambiario. El modelo libertario muestra su verdadero rostro: privilegia las importaciones baratas sobre la producción nacional, sacrificando puestos de trabajo en el altar del libre mercado extremo.
La desindustrialización no es fenómeno natural sino resultado de políticas deliberadas. La voracidad fiscal, la ausencia de consensos políticos y el dominio de especuladores financieros crean tormenta perfecta. Los trabajadores pagan el precio con sus empleos, las comunidades con su tejido social destruido. El régimen Trump aplica aranceles proteccionistas, pero Argentina sigue camino opuesto. Este desmantelamiento sistemático exige respuestas colectivas que pongan la producción y el trabajo en el centro de cualquier proyecto nacional serio.