El 14 de marzo de 1883, a las tres menos cuarto de la tarde, cesó de pensar el más grande intelectual de su época. Friedrich Engels, al descubrir a su compañero dormido suavemente en su sillón para siempre, presagiaba que aquel vacío físico sería apenas el inicio de una presencia intelectual inabarcable. Marx partió, pero su espectro comenzó a recorrer el mundo con una potencia transformadora que perdura más de un siglo después. Su análisis sobre la lucha de clases como motor de la historia escrita de todas las sociedades mantiene una vigencia alarmante. En un mundo donde el capital se concentra en cada vez menos manos y la explotación adquiere formas cada vez más brutales, las tesis marxistas sobre la plusvalía y el conflicto social emergen como herramientas de combate imprescindibles. El materialismo histórico y dialéctico que desarrolló sigue siendo el marco teórico que mejor explica las contradicciones internas de un sistema que no puede escapar de su propia naturaleza parasitaria. No es casual que los sectores más reaccionarios del poder global insistan en difamar su figura o intentar sepultar sus ideas bajo el olvido. Marx fue el hombre más odiado y calumniado de su tiempo, expulsado al exilio por gobiernos de todo signo político, difamado por burgueses conservadores y demócratas por igual. Sin embargo, como señalaba Engels, murió venerado, querido y llorado por millones de trabajadores revolucionarios diseminados desde las minas de Siberia hasta California. Recordar a Marx hoy trasciende el mero ejercicio de memoria histórica. Constituye un acto de resistencia que reafirma que la historia no ha concluido, sino que permanece como campo en disputa donde la organización colectiva representa el único camino hacia la verdadera emancipación humana. Su legado perdura como desafío eterno a la desigualdad que impone la sociedad dividida en clases, manteniendo viva la llama de la transformación social que él encendió con inquebrantable lucidez.