El 11 de septiembre de 1973, un poeta argentino escribió un poema dedicado a Salvador Allende mientras Chile se desangraba. Se llamó Che Salvador, y en sus versos hay una frase que resume todo: "Y había un hombre (que era decir un pueblo)". Eduardo Mazo lo transcribió en un cartel y lo pegó en una calle céntrica de Buenos Aires. Con el tiempo, César Isella le puso música y lo convirtió en canción. En 1975, al cumplirse dos años del golpe, la Casa de las Américas de Cuba lanzó el disco Compañero Presidente, que compilaba diez canciones dedicadas a Allende. Allí estaba Che Salvador, junto a temas de Inti Illimani, Quilapayún, Ángel Parra, Daniel Viglietti y Pablo Milanés. La canción circuló entre exiliados y se volvió bandera de lucha.
El libro homónimo, publicado en Buenos Aires en enero de 1974 y reeditado en agosto, desapareció de las librerías tras el golpe en Argentina en marzo de 1976. Los genocidas incautaron y destruyeron los ejemplares. Pretendieron eliminarlo para siempre. Sin embargo, en la Librería Hernández de la calle Corrientes, un ejemplar de la segunda edición se conservó intacto. Bajando las escaleras hacia el depósito, Damián Carlos Hernández y el periodista Rogelio García Lupo ocultaron los libros "subversivos" detrás de una puerta disimulada por una estantería. Una noche de mediados de 1975, dos hombres atravesaron esa puerta en cuclillas. Allí quedó guardada la memoria de un tiempo en que la solidaridad era un acto clandestino.
Isella, autor de la música de Canción con todos, himno de América Latina, murió en enero de 2021. Mazo, que se instaló en Las Ramblas de Barcelona entre 1980 y 2005 para exhibir sus versos y vender sus libros, murió en mayo de ese mismo año. La dictadura no pudo borrar el poema. El ejemplar hallado en Corrientes es la prueba de que ciertas palabras, como los muertos heroicos que menciona el prólogo, vibran atrás de la cordillera y vuelven, tercas, a cantar.
CHE SALVADOR
Recuerdo,
ya de niño,
me hablaban de un país
estriado hacia el Pacífico,
me decían que Chile era un perfil
de cara a la esperanza,
que su gente andaba sin apuro
forcejeándole al sol
cada mañana.
Luego,
cuando los años
se nos vinieron del oeste,
supe que Chile era un hermano nuevo,
original y hermoso,
que Chile era un silencio
y un murmullo,
una costa infinita
de este lado del mundo
y un motivo de lucha
de este lado del triunfo.
Y había un hombre
(que era decir un pueblo),
con su traje de calle
y sus ojos de abuelo,
un hombre salvador,
un che
de saco y de chaleco,
un revolucionario
con cuero y con pellejo
que supo ir a la muerte
como quien descubre un sueño
y se llenó de Chile,
ese país que es nuestro.
Yo sé que estás peleando,
che Salvador, eterno.