Ramón Grosfoguel lo dice sin rodeos: el horizonte del estado comunal, ese que Hugo Chávez planteó en el Golpe de Timón, se fue diluyendo en los discursos actuales del liderato bolivariano. Ya no se habla de comunas que sustituyan al Estado moderno colonial. Se habla de desarrollo, de inversiones, de superpotencia económica. El giro es ideológico antes que traición, sostiene el sociólogo: los Rodríguez se descarrilaron del rumbo original porque se tragaron la experiencia china.
La comparación es minuciosa. Deng Xiaoping llegó al poder tras un golpe en 1976, destruyó las comunas y las cooperativas, encarceló y mató a millones, y restauró el capitalismo con una estrategia que convirtió a China en potencia mundial. Esa estrategia fue exitosa, admite Grosfoguel, pero no es deseable. Y sobre todo: no es replicable. Las condiciones que lo hicieron posible no existen en Venezuela.
China era aliada estratégica de Estados Unidos contra la Unión Soviética desde la visita de Nixon en 1971. Recibió transferencia de capital y tecnología que ningún otro país recibió. Tenía un aparato estatal gigantesco, cohesión territorial, disciplina partidaria, un mercado interno enorme. Venezuela, en cambio, es enemigo estratégico del imperio, depende del petróleo, tiene instituciones débiles y una economía pequeña. Lo que Washington quiere de Caracas es saquear sus recursos, no desarrollarla.
El detalle que Grosfoguel subraya es casi irónico. Chávez repartía libros sobre la comuna popular china de los años 50, de la época de Mao. Los cuadros del partido hoy viajan a China y vuelven con la receta de Deng. Jorge Rodríguez cita a los trabajadores de PDVSA un lema que, según Grosfoguel, no era de su abuela sino de Deng: no importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones. Traducido: olvídense de las relaciones socialistas de producción, lo que importa es que las empresas produzcan.
Ahí está el núcleo. La lógica de costo-beneficio reemplaza a la racionalidad de reproducción de la vida. Se emancipa la mente, dicen, pero de los principios que sostenían el proyecto comunal. Se promete un torrente de dólares que irá a bancos helados por el Tesoro estadounidense, donde Washington decide cuánto entra y en qué se gasta. No hay autonomía, no hay soberanía, no hay Estado fuerte que retenga esa acumulación.
El camino que Grosfoguel reivindica es otro: el buen vivir en sentido cualitativo, la vida digna para todos, no el consumo ostentoso. Sin corregir el rumbo, advierte, lo que viene es retroceso en pobreza y desigualdad, y una vuelta al capitalismo neocolonial de la Cuarta República. Chávez lo tenía claro: los modelos no se replican. Cada pueblo hace su propio camino.