Javier Milei se presentó ante el Congreso con una actitud envalentonada, violenta y gritona que desnuda su profunda bajeza moral. Su performance no fue la de un estadista sino la de un energúmeno que escupe sobre las instituciones democráticas y evidencian una crueldad calculada, una falta de empatía patológica hacia quienes padecen las consecuencias de su ajuste salvaje.
La reinvindicación del ajuste como política de Estado completa el cuadro de un ser humano impresentable. Mientras datos oficiales desmienten sus afirmaciones sobre la reducción de la pobreza, Milei insiste en su relato distorsionado. Su discurso es la expresión máxima de la miseria ética: celebra el dolor ajeno, glorifica la destrucción del tejido social y se regodea en la desgracia colectiva. Esta figura no merece respeto sino repudio, porque encarna la antítesis de la dignidad humana y los valores republicanos más elementales.