LA PALABRA QUE SEMBRÓ UN CONTINENTE
Reflexión | Analisis Político

LA PALABRA QUE SEMBRÓ UN CONTINENTE

(★) .- La Segunda Declaración de La Habana cumple más de medio siglo y sigue siendo un surco abierto en la memoria de Nuestra América, un grito que no se deja enterrar.

Hay documentos que nacen para estar en un cajón, y otros que nacen para andar. La Segunda Declaración de La Habana es de esas que andan. La pronunció Fidel Castro un 4 de febrero de 1962, en la Plaza de la Revolución, con el pueblo cubano mirándolo de frente. No fue un discurso para llenar un acto. Fue una llamada, un documento que el Che Guevara comparó con un Manifiesto Comunista de este continente y de esta época. No andaba lejos. Porque aquel texto no hablaba de abstracciones: hablaba de esta tierra, de esta gente, de este dolor que viene de lejos.
Pero antes de esa palabra pública, hubo otra historia. La del marxismo que llegó a estas tierras como quien llega con una semilla en el bolsillo. Los primeros lo trajeron inmigrantes, hombres de partido y de sindicato, que se pusieron a traducir lo que otros habían pensado en otras lenguas. En México, un tal Pablo Zierold. En Argentina, Juan B. Justo, que en 1898 se animó con el primer tomo de El Capital. Y así, de a poco, la palabra fue criollizándose. Dejó de ser libro para volverse canción, mural, poema, teatro. Porque el marxismo de Nuestra América no se encerró en las bibliotecas. Se metió en la vida.
Y ahí está el problema. Porque los que mandan en las academias, los que deciden qué es filosofía y qué no, siempre miraron con desprecio lo que no viene de Grecia o de Alemania. Para ellos, el saber verdadero habla griego o alemán. Todo lo demás es folklore, magia, refranes de viejos. Un esquematismo brutal, dicen, que clasifica al mundo entre modernos y atrasados, como si el pensamiento tuviera pasaporte. Y así, el marxismo de estas tierras quedó afuera de las universidades, ignorado por los que se dicen especialistas, censurado por los que temen que la palabra despierte.
Pero la palabra no se deja callar. La Segunda Declaración de La Habana fue un parteaguas, un documento que retomaba el camino que había abierto Mariátegui con sus Siete ensayos. Y fue también una respuesta. Porque del otro lado estaban los que querían domar este continente. Estaba la OEA, ese ministerio de colonias yanqui, como la definió Fidel. Y estaba la Alianza para el Progreso, la promesa de Kennedy, ese lobo disfrazado de oveja que ofrecía reformas para frenar la revolución. Pero el pueblo supo ver. Y supo responder. Con la firma, con la voz, con el cuerpo presente en la plaza.