Premiada en Cannes y San Sebastián, la nueva película de Simón Mesa Soto denuncia al arte que mercantiliza la pobreza... y termina cometiendo el mismo delito que juzga.
Según la crítica de Rubén Téllez Brotons publicada en Cinemaldito, Un poeta contiene una paradoja incómoda: es un film que se propone desmontar el modo en que el arte se acerca a las cuestiones sociales buscando el aplauso de las grandes instituciones culturales, y que sin embargo fue precisamente galardonado por esas instancias gracias a la forma en que convierte las desigualdades del capitalismo en un producto comerciable.
La película sigue a un profesor de literatura que se asume como dandi del siglo XIX en pleno 2025, y que descubre que una de sus alumnas, con prometedor talento para el verso, no escribe porque su única preocupación es que sus sobrinos tengan algo que comer. Esa escena, apunta el crítico, es el único fulgor de verdad de la cinta: el momento en que el protagonista abandona su romántica visión para comprender que el arte es un privilegio de pudientes, que no se piensa en poesía con el estómago vacío.
El problema, sostiene Brotons, es que Mesa Soto trabaja con conceptos absolutos de raíz metafísica: el ser humano es intrínsecamente cruel y mezquino, y el Destino —el azar conjurado contra el héroe— se encarga de demostrarlo. Quien hace el Bien recibe crueldad a cambio. Así, la violencia y la exclusión nunca se contextualizan dentro del sistema que las produce, sino que se convierten en rasgos inherentes de las personas, a las que luego se juzga por ser crueles. Una mirada profundamente clasista, según el crítico.
El montaje refuerza esa rigidez: los contraplanos de los perplejos interlocutores del poeta funcionan como cuchillas que ridiculizan su discurso engolado, pero nadie indaga en el origen de esa ridiculez. Es la mirada de quien observa una pelea callejera sin intentar separar a los implicados. Y en su retrato del barrio obrero, la película replica la puesta en escena de los periodistas sensacionalistas que convierten la pobreza en decorado bidimensional, en nota exótica para generar emociones populistas.
La acusación final de Cinemaldito es demoledora: Un poeta hace exactamente lo que le critica a sus poetas de ficción, convertir la pobreza en un objeto de museo para obtener prestigio, presentando además cualquier acercamiento a la realidad como mera mercantilización. Un mal cine de certezas que chapotea en un charco de cinismo.
Puedes verla completa en: Cine Rojinegro