El domingo electoral en Perú no fue una jornada más. Mientras Keiko Fujimori, heredera del régimen dictatorial de su padre Alberto, intentaba reivindicar el legado neoliberal que tanto daño le hizo a las mayorías, desde las provincias más olvidadas emergió con fuerza la candidatura de Roberto Sánchez. De confirmarse los resultados, no sería un triunfo cualquiera: sería la victoria de ese Perú marginado que el taita José María Arguedas supo describir cuando dijo que "al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo".
Sánchez, heredero político de Pedro Castillo —presidente destituido tras un golpe de Estado en 2022 y aún preso—, habría logrado articular un bloque popular que resistió la campaña de terror mediático más brutal que se recuerde. Los grandes medios oligárquicos, encabezados por El Comercio, desplegaron todo su arsenal: acusaciones de comunismo, comparaciones con Venezuela y Cuba, y el clásico "terruqueo" que tanto daño hizo durante el conflicto armado interno. Pero el pueblo peruano, ese que vive en Puno, Cusco, Cajamarca y Ayacucho, no se dejó amedrentar.
El conteo rápido de Ipsos, con su altísima fiabilidad, terminaría dando la victoria a Sánchez por un margen ajustadísimo: 50,3% contra 49,7%. Los votos del interior, del Perú rural y profundo, llegarían al final del conteo para inclinar la balanza. La izquierda peruana demostraría que es posible vencer cuando se construye desde las bases, cuando se reconoce el protagonismo de los sectores excluidos y cuando se entiende que la lucha no es solo electoral, sino también de calles, de territorios y de memorias.
Como bien señaló la exministra Anaí Durán, este triunfo sería concurrente: es antifujimorista, pero también es castillista, porque recoge el legado de un profesor rural que se atrevió a desafiar al poder. Ahora el desafío sería proteger cada voto frente a las impugnaciones que ya anunció Keiko Fujimori, y construir un gobierno que realmente ponga la soberanía nacional y la justicia social en el centro. La resistencia no solo vendría del sur, sino que tendría rostro plebeyo, indígena y popular. Y ayer, desde los Andes, ese rostro le recordó a toda América Latina de qué estamos hechos.