La investigadora brasileña Maria do Carmo Soares de Freitas, de la Universidad Federal de Bahía, presentó este miércoles en la Conferencia "Estudios del hambre" del CEIICH UNAM los resultados de una investigación etnográfica de 26 años en una comunidad urbana de Salvador. Su exposición dejó claro que la hambre no es solo falta de comida: es un fenómeno sensible, político, fruto de la extrema concentración de renta, desigualdad social y racial. "Más que desnutrición, la hambre es un conjunto de faltas interrelacionadas con la incertidumbre del acceso a los alimentos", afirmó.
Freitas explicó que, aunque Brasil salió del mapa de la hambre de la ONU el año pasado —con una tasa de subalimentación por debajo del 2,5%—, todavía hay 54 millones de personas en algún nivel de inseguridad alimentaria y 2 millones en situación de hambre extrema, sobre todo en las regiones norte y nordeste. La mejora se debió a políticas públicas del gobierno Lula: transferencia de renta, fortalecimiento del sistema único de salud, alimentación escolar, agricultura familiar y protección a pueblos tradicionales. Sin embargo, persiste una "hambre endógena, crónica y dramática" en los segmentos más pobres.
Uno de los hallazgos más impactantes de su trabajo es la "hambre obesa": en Brasil, el 68% de las personas tiene exceso de peso, y la obesidad combinada con pobreza afecta al 30% de las mujeres de baja renta. "La persona es obesa y hambrienta", dijo Freitas, porque accede a alimentos baratos y de pésima calidad, como refrescos y masas semi-prontas. La investigadora también describió cómo los habitantes de la comunidad de Pela, en Salvador —ciudad donde el 83% de la población es negra o parda y una de las más violentas del país—, viven la hambre como una entidad, un fantasma, una "criatura" que "bate en la puerta".
A través de la fenomenología y la hermenéutica, Freitas interpretó los silencios, los gestos y las metáforas de las mujeres entrevistadas. "La hambre no está en el estómago, está en el pecho y dentro de la cabeza", relataron. Algunas describen la hambre como "una mujer magra, llena de dientes, con pelos asañados", una amenaza externa. Otras la asocian a un olor a pérdida, a la muerte anticipada. "La incertidumbre alimentaria está relacionada a la incertidumbre de vivir", sintetizó.
La investigadora destacó que la hambre es un tabú: nunca pronunció la palabra "hambre" frente a los hambrientos, por respeto a su dolor. "La hambre que viene de la miseria, de la infancia, esa hambre no se puede hablar, porque atrae a la maldición", explicó. También abordó la leyenda de "Romanzinho", un espíritu hambriento que, según la creencia local, se apodera del cuerpo de niños y niñas para provocar desnutrición y muerte. Para Freitas, esta narrativa funciona como una interpretación cultural de la enfermedad y la irresponsabilidad materna en contextos de pobreza extrema.
Freitas concluyó que la hambre se manifiesta en el plano de las construcciones simbólicas, independientemente de las necesidades nutricionales del organismo. "Es en el espacio de las condiciones sociales donde se encuentran las representaciones culturales de la hambre", afirmó. Y llamó a acciones políticas amplias que reviertan el sentido de la hambre a partir de la valorización social del sujeto. "La conquista de la ciudadanía estaría más cerca de cada persona y podría liberarse de la hambre, esta maldición que amenaza la vida e interrumpe cualquier sueño humano", cerró.