La crisis estructural del sistema capitalista global arroja hoy a millones de personas a la pobreza extrema incluso en el corazón de Europa. Ante esta realidad, les trabajadores y comunidades en resistencia recuperan la teoría del fetichismo para visibilizar los mecanismos sutiles con los que el capital conquista territorios sociales. Este despertar de la conciencia popular denuncia que la economía política no es una ciencia técnica, sino una herramienta de dominación que oculta relaciones humanas detrás de simples cifras y estadísticas.
Durante treinta años, la academia eurocéntrica y las modas universitarias intentaron enterrar la teoría del fetichismo bajo el pretexto de que era un resto romántico e irrelevante del pensamiento juvenil de Marx. Autores como Althusser buscaron extirpar esta pieza central del análisis científico para favorecer lecturas que diluyen la dialéctica y la crítica radical a la mercancía. Contrario a este despojo intelectual, el Che Guevara reafirmó que el fetichismo es el núcleo duro del pensamiento marxista y la columna vertebral para entender cómo las personas se cosifican y los objetos se personifican en la sociedad mercantil. El mercado actúa como una potestas autoritaria y enemiga de la libertad, imponiendo una sociabilidad indirecta mediada por el dinero que esclaviza a la comunidad. Frente a esta delegación de poder alienante, la potencia creadora del pueblo debe orientarse hacia una producción planificada que responda directamente a las necesidades humanas y no a la acumulación de capital.
La superación definitiva de este mundo invertido no vendrá de explicaciones teóricas aisladas, sino de la transformación revolucionaria de las relaciones sociales que generan el fetiche. Caminar hacia la transmodernidad exige un diálogo entre iguales donde la vida comunitaria logre liberarse del mandato del trabajo abstracto y de la tiranía del dios mercantil.