EL CAPITALISMO COMO CULTO INFERNAL: BENJAMIN Y LA TRAMPA DE LO SIEMPRE IGUAL EN AMÉRICA LATINA
Reflexión breve

EL CAPITALISMO COMO CULTO INFERNAL: BENJAMIN Y LA TRAMPA DE LO SIEMPRE IGUAL EN AMÉRICA LATINA

(★) .- Walter Benjamin leyó al capitalismo como una religión culpabilizante que atrapa a la humanidad en un tiempo mítico de repetición eterna, y su diagnóstico resuena con fuerza en la periferia dependiente de latinoamericana.

El filósofo alemán Walter Benjamin escribió en 1921 un fragmento tan breve como demoledor: el capitalismo no es solo un sistema económico, sino una religión de culto permanente, sin teología ni redención, que genera culpa y deuda de manera infinita. Para Benjamin, esta estructura religiosa no expía pecados: los multiplica. La palabra alemana Schuld —que significa tanto culpa como deuda— condensa el núcleo de su diagnóstico: en el capitalismo, estar endeudado es estar culpable, y no hay salida posible. La deuda no se paga, se hereda, se reproduce, se eterniza.
Pero Benjamin no se quedó ahí. Hacia 1927, cuando empezó a escribir su monumental Libro de los pasajes, desplazó su mirada de lo religioso a lo mítico. Allí introdujo el concepto de lo "siempre igual" (immergleich) para describir la dinámica del capitalismo: una máquina que produce novedades vacías, mercancías que se reemplazan unas a otras sin cambiar nada de fondo. La moda, el trabajo fabril, el consumo compulsivo —todo repite el mismo ritual. El progreso, esa promesa tan cara a la modernidad, no es más que el disfraz del eterno retorno de lo mismo. Benjamin encontró en el astrónomo y revolucionario Louis-Auguste Blanqui una imagen perfecta: el universo se repite sin fin, como un reloj de arena que se vacía y se invierte eternamente.
Esta lectura es clave para entender la situación latinoamericana. Acá, el mito del progreso se impuso con la fuerza de una religión colonial: primero con la promesa del desarrollo, después con las recetas del neoliberalismo. Cada nueva crisis —de deuda externa, de ajuste estructural, de extractivismo— se presenta como una novedad, pero repite el mismo patrón de saqueo y dependencia. Los pueblos latinoamericanos conocen bien esa experiencia de lo siempre igual: gobiernos que prometen cambio y terminan aplicando las mismas políticas de siempre, mercancías que llegan de afuera como si fueran salvación, deudas que nunca se terminan de pagar. La culpa/deuda que describe Benjamin es la misma que pesa sobre las economías extractivistas, atrapadas en un círculo vicioso donde cada "solución" profundiza el problema.
Benjamin no se rindió ante ese diagnóstico sombrío. Buscó en la imagen dialéctica —un destello que rompe la continuidad del tiempo mítico— la posibilidad de una interrupción revolucionaria. Para América Latina, esa interrupción podría ser la memoria de las luchas populares, la recuperación de lo común, la construcción de soberanía. Pero para eso hay que reconocer primero que el capitalismo no es solo un sistema económico: es un culto que nos quiere culpables, endeudados y condenados a repetir la misma historia.