Mientras el cosmopolitismo de izquierda pensaba que la globalización y los mercados disolverían las fronteras nacionales, la realidad fue tozuda: la nación nunca se fue. García Linera recordó que en las crisis de 2008 y 2020, los mercados desaparecieron y fueron los estados nacionales quienes salieron al rescate. Porque los mercados no son mecanismos de cohesión social, mientras que la nación sí lo es: unifica conglomerados de personas que no se conocen pero se sienten parte de una hermandad histórica.
Pero lo central de su intervención fue que la nación no es un concepto neutro. Hay tantas ideas de nación como clases sociales en un país. Lo que define el predominio de una sobre otra es la capacidad de volverse hegemónica, de incorporar subordinadamente al resto. En Bolivia, el gobierno de Evo Morales logró construir una bolivianidad indianizada donde los pueblos indígenas eran el núcleo universal. Ese proceso, que llamaron plurinacionalidad, fue un aporte latinoamericano que va más allá del multiculturalismo europeo o canadiense. Pero necesitó décadas de lucha, bloqueos y levantamientos para que la realidad se volviera cognoscible.
Hoy las fuerzas conservadoras, más astutas que una izquierda que nunca supo qué hacer con la nación, la resignifican para construir enemigos: el migrante, el extranjero, el que viene a contaminar la pureza cultural. Mientras, el régimen Trump —que García Linera llama "el monstruo que anuncia el porvenir"— nos enseña que el Estado se usa, que es ante todo poder económico, y que el mundo que viene será de estados guerreros que chantajean, coaccionan y subordinan a los más débiles. América Latina, con estados débiles y gobiernos entregados al neoliberalismo tardío, corre el riesgo de convertirse en protectorado y objeto de vasallaje.
Frente a eso, el exvicepresidente fue claro: hay que disputar la nación. La derecha la secuestró pero no es suya. En cada barrio popular, en cada bandera de Malvinas levantada por un pibe del conurbano, hay otra manera de significar lo nacional: más plebeya, más solidaria, integradora. La tarea de las fuerzas progresistas y de izquierda es construir un nuevo universal nacional que no esté basado en el racismo ni en la xenofobia. Como dijo Perón, como hicieron los movimientos nacional-populares del siglo XX, quienes entienden la nación y la resignifican marcan la historia. La nación nunca se fue. Ahora hay que volver a cabalgarla.