La polémica explotó después del Mundial de Fútbol, cuando Argentina quedó segunda y una ola de denuncias por racismo sacudió las redes. Figuras internacionales señalaron al país como racista, y del otro lado llegaron las respuestas defensivas: "no somos racistas", "somos un crisol de razas", "acá la esclavitud se abolió antes que en otros lados". Para Nélida Wisneke, presidenta del Colectivo de Afrodescendientes Misioneros, ese reflejo de negar el problema es parte del mismo mecanismo que sostiene el racismo estructural.
"Cuando un compañero, un hermano sufre racismo, me pongo de su lado. Pero tampoco puedo dejar de sentirme argentina y hacer un llamado a las reparticiones estatales para que se pongan a analizar en serio lo que nos pasa", explicó Wisneke en diálogo con la radio de la universidad. La referenta marcó una diferencia clave: el racismo que se ve en los gestos y los discursos es la punta del iceberg, pero abajo está el racismo estructural, ese que borra a los pueblos afro y originarios de los libros de texto, de los censos y de los espacios de decisión.
"El borramiento de nuestra existencia en los diferentes niveles educativos forma parte del racismo estructural", sostuvo Wisneke. Y puso ejemplos concretos: la variable étnico-racial no está instalada en los mecanismos de medición de hospitales, unidades penales o instituciones estatales. "Los jueces afro, ¿cuántos hay? Pero cuando vamos a las unidades penales, están abarrotadas de nuestros compañeros y compañeras", denunció.
Para Wisneke, la historia del racismo en Argentina viene de lejos. En tiempos de la colonia, solo el criollo —con ambos padres españoles— podía acceder a cargos públicos. El resto era etiquetado como pardo, mulato o sambo, y quedaba afuera de las universidades. Recordó el caso de Baigorria, que tuvo que irse a estudiar a Chuquisaca porque acá las universidades no lo aceptaban por su origen. "A las mujeres con lazo sanguíneo con esclavizados no las dejaban ir a las plazas o a las misas, no podían usar determinado atuendo", agregó.
La referenta también vinculó el racismo con el clasismo y la xenofobia. "Para estudiar tenés que comer bien. Si no, el conocimiento pasa de largo porque el ser humano está pensando qué va a comer a la noche. Eso nos dejó el racismo estructural a muchos afroargentinos", señaló. Y cuestionó la falta de representación política: "No hay un diputado de los pueblos originarios. No veo un representante afro. Eso habla de un racismo estructural".
Wisneke fue contundente al responder a quienes dicen que hablar de racismo es abrir la puerta a una invasión. "Los afroargentinos somos tan argentinos como el dulce de leche, como la cazuela de mondongo, como la morcilla y las parrilladas. Pertenecemos a esta tierra. No estamos pidiendo nada extraño", afirmó.
La entrevistada cerró con una advertencia sobre el lenguaje: "No podemos ver el racismo cuando usamos el pretérito perfecto para describir a los pueblos afro y originarios, que son parte del presente de nuestro país. Si no te nombran, no existís. Si no existís, no tenés derecho. El crisol de razas, ¿para quién es? Para los europeos. Acá los paraguayos siempre fueron tenidos en cuenta para hacer la tarea que nadie quería hacer, para los subempleos, para los empleos mal pagos".