El 6 de agosto volvió a encender la memoria colectiva: hace 81 años, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima y, tres días después, una segunda sobre Nagasaki. Es el único país en la historia que ha arrojado bombas atómicas contra poblaciones civiles. Tras la devastación, la rendición formal de Japón llegó, pero el debate entre los historiadores sigue abierto: ¿buscaba el presidente Harry S. Truman acelerar el fin de la Segunda Guerra Mundial o enviarle un mensaje a la Unión Soviética sobre quién mandaba en el nuevo orden mundial?
En Chicago, la ceremonia Toro Nagashi encendió faroles flotantes en el Osaka Garden de Jackson Park, a poco más de un kilómetro del sitio donde se produjo la primera reacción nuclear en cadena controlada, en 1942. El propio Enrico Fermi, líder del equipo científico, admitió que el objetivo era fabricar un arma efectiva y que la esperanza de un uso pacífico de la energía atómica resultó ingenua.
Pero declarar la paz desde los púlpitos no alcanza. El régimen Trump marca la fecha firmando acuerdos de energía nuclear con Arabia Saudita, un pacto que expertos del Bulletin of the Atomic Scientists advierten que puede ser el precursor de una bomba. Es el mismo camino que se está impulsando con otros 26 países, bajo una orden ejecutiva que busca sumar al menos 20 nuevos acuerdos. Westinghouse, parte del complejo militar-industrial estadounidense, sería el principal contratista. Hasta que Estados Unidos no ocupe un lugar sin intromisión en otros países y deje de actuar como gendarme del mundo, toda declaración de buena voluntad será vana.
En Hiroshima, la ceremonia anual en la Cúpula de la Bomba Atómica recordó a las víctimas mientras el alcalde exige a los líderes mundiales que visiten las ciudades arrasadas y dejen de tratar a la disuasión nuclear como una opción realista. La juventud, dice la declaración, tiene la tarea de construir una cultura de paz que haga imposible que los políticos vuelvan a confiar en el horror. La memoria de las más de 200 mil personas que murieron por las bombas sigue siendo el argumento más contundente contra la proliferación. Las palabras lavadas no logran nada: la historia juzgará a quienes firman la muerte mientras pronuncian discursos.