La librería U-Tópicas de la Ciudad de México fue el escenario de un debate que no se conformó con celebrar un libro, sino que buscó dinamitar las certezas del marxismo hegemónico. En la presentación de "Un Marx para nuestro tiempo", editado por Katya Colmenares y publicado por Editorial Bellaterra en 2025, los filósofos Ramón Grosfoguel y Elvira Concheiro protagonizaron un tenso pero fructífero diálogo sobre la vigencia del pensamiento crítico de Marx. El moderador, de forma improvisada, lanzó una provocación inicial: el título del libro no le hace justicia a su contenido. "Un Marx para nuestro tiempo" se parece a otros títulos de mercado, pero este volumen, dijo, debería haberse llamado "hacia un Marx desconocido", porque apunta a textos descubiertos en los archivos del Mega, la obra completa de Marx y Engels en Berlín.
El punto de quiebre llegó cuando Grosfoguel, con la contundencia de quien ha revisado los manuscritos originales, soltó afirmaciones que sacudieron a los presentes. El texto "La ideología alemana", considerado un clásico del marxismo, nunca fue escrito por Marx y Engels. Según el académico, es un "corte y pega" realizado bajo el estalinismo, un Frankenstein compilado con fragmentos dispersos que nunca formaron un libro coherente. Marx tampoco habló jamás de "materialismo histórico" ni "materialismo dialéctico"; esos términos son invenciones posteriores que simplificaron y deformaron su método. Incluso el Tomo 2 y 3 de "El Capital" que conocemos, reconstruido por Engels a partir de notas, no es la versión que Marx dejó terminada. Una versión distinta, que según los especialistas del Mega tiene una relevancia impresionante para entender el capitalismo financiarizado del siglo XXI, permanece inédita y sin traducir.
Concheiro, con una postura más matizada, defendió la riqueza del marxismo del siglo XX. Descartar esa centuria como un simple error dogmático es un gesto demasiado fácil, advirtió. Las grandes revoluciones obreras crearon un pensamiento vivo y creativo que rompió esquemas eurocéntricos, como demostró la revolución rusa. El problema, coincidió con Grosfoguel, fue el marxismo reducido a un problema económico, a la infraestructura que determina la superestructura. Esa lectura, dijo, llevó a las izquierdas a pensar que cambiando el sistema económico, todo lo demás cambiaría automáticamente. No se atendieron las jerarquías de dominación que atraviesan el capitalismo: el racismo, el patriarcado, la destrucción ecológica y la cosificación de la vida. El capitalismo no es solo un sistema económico, es el sistema económico de una civilización de muerte, la modernidad capitalista occidental, y contra ese monstruo no bastan cambios estructurales.
Colmenares, autora y compiladora, no esquivó la polémica. Reivindicó el valor de leer a Marx desde el sur global, con los pies desnudos en la arena, como decía Enrique Dussel, no mirando las carabelas llegar. El método de Marx, afirmó, es la crítica al fetichismo, desacralizar las instituciones que aparecen como eternas —el capital, el Estado, el dinero— para mostrar la construcción humana que hay detrás. En un mundo donde la inteligencia artificial decide la vida de los jóvenes con algoritmos programados con una conciencia blanca, capitalista y burguesa, la reflexión sobre la subjetividad es urgente. La teoría no es la realidad, sentenció, pero nos ayuda a caminar. La utopía sirve para caminar, y la comunidad, esa relación primera de reconocimiento entre seres humanos, ya la tenemos y podemos empezar a encarnarla. La transformación no es un ideal abstracto, sino un testimonio diario contra la lógica cosificante.