La radiografía de la Universidad Católica Argentina sobre el mercado laboral y la subsistencia muestra un patrón de fondo: la fragilidad económica se concentra en los extremos de la pirámide etaria y social. Solo el 14,2% de las personas de entre 18 y 25 años tiene empleo formal con derechos, mientras el 46% de los hogares con adultos mayores de 60 años no cubre sus necesidades básicas. Ambos relevamientos coinciden en que la posición socioeconómica baja define el destino de las trayectorias.
En la juventud, la inestabilidad es la regla. El 30,2% tiene empleo regular, aunque la mitad en condiciones precarias; un 22,5% sobrevive con changas y otro 10,7% lleva más de seis meses desempleado. La inactividad total alcanza al 36,6% del grupo. La brecha social ordena todo: el empleo regular toca al 38,9% de los jóvenes del estrato medio alto, pero se hunde al 19,7% entre los del muy bajo. Los “NiNi” son el 20,7% general, trepan al 34,2% en el segmento más pobre y caen al 8,3% en el más acomodado.
El informe sobre adultos mayores detecta que la insuficiencia de ingresos alcanzó su punto más alto de la serie 2017-2025, con un 71,1% de hogares del estrato muy bajo afectados. La inseguridad alimentaria escaló del 12,3% al 18,4%, y el 21,3% dejó de pagar servicios. La postergación de la salud es el deterioro más grave: el 35,2% resignó atención médica o medicamentos, el valor más alto del registro.
En ambos extremos, el origen social opera como herencia que condiciona las posibilidades. Los relevamientos muestran que, incluso con empleo protegido en el hogar, la desventaja de nacer pobre no se borra. La implicancia es directa: las políticas de ajuste no golpean parejo, sino que profundizan una estructura donde la falta de derechos laborales juveniles y la pérdida de consumo en la vejez son dos caras de la misma desigualdad.