La memoria tiene modos extraños de abrirse paso. En la casa de política y cultura socialista La Comuna, en pleno San Salvador de Jujuy, la presentación de "Memorias del Apagón" no fue un acto más: fue la inauguración de la muestra permanente y festival Jujuy no se apaga, un nombre que es casi una consigna ante los 50 años de aquellas noches en que el ingenio Ledesma cortaba la luz para que las fuerzas conjuntas secuestraran a su antojo. La charla, con Delia Maisel y Carlos Titín Moreira, tuvo el clima de esas reuniones donde lo personal se vuelve colectivo y lo colectivo se vuelve historia.
El libro nació de un pedido casi ocasional de Olga Redes, la madre de Luis Aredes, desaparecido en 1976. Maisel, archivera y bibliotecaria del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, la conoció tras ver la película Sol de Noche y quedar impactada por su personalidad. Olga le pidió una recopilación de la historia de las madres y familiares de detenidos desaparecidos del Edesma. Ella dijo que sí enseguida, como quien obedece una orden. El encuentro tuvo urgencia: Olga ya estaba enferma de cáncer de pulmón y tosía mientras dictaba sus recuerdos, tomando gotitas para sobrellevar el dolor. No alcanzó a ver el libro publicado, falleció seis meses antes de la primera edición. Este es un gesto de memoria que se hizo a las apuradas, porque la muerte no espera y la historia tampoco.
El relato de Maisel y Moreira reconstruye el entramado previo al golpe. En 1974 y 1975, bajo un gobierno constitucional, ya había detenciones y persecución en el Edesma. La detención de dirigentes gremiales como Jorge Güey, abogado laboralista, y la intervención del sindicato fueron preparando el terreno. El 24 de marzo de 1976 detienen a Luis Aredes, y en junio llegan los apagones: se apagaban todas las luces de Libertador General San Martín y las fuerzas conjuntas iban a buscar a obreros, amas de casa, estudiantes. Los testimonios hablan de una brutalidad extrema, de la tortura en el centro clandestino de detención de Guerrero, de madres como Rita Garnica que escuchaban cómo torturaban a sus hijos. El terror era palpable: muchos familiares trabajaban en el ingenio y callaban por miedo a perder el sustento.
El debate que siguió a la presentación fue tan importante como el libro mismo. ¿Por qué hubo un genocidio en Argentina? No alcanza con decir que fue un grupo de malvados. Las fuentes lo dicen claro: la gran burguesía, los grandes capitalistas como la familia Blaquier, necesitaban liquidar una vanguardia obrera que había demostrado fuerza de sobra. La huelga general contra el plan Rodrigo en 1975, que duró casi un mes y derrotó políticamente al gobierno de Isabel Perón, es la prueba. Los apagones fueron la respuesta del poder económico y militar a esa amenaza. El apagón es para imponer el terror, para que la gente se asuste durante décadas enteras. Y funcionó: aún hoy, 50 años después, hay miedo en Libertador General San Martín.
La cifra exacta de detenidos desaparecidos del Edesma sigue siendo una pregunta abierta. Hay familias que no hicieron la denuncia, otras que se fueron a Bolivia, muchas que callaron por miedo. Pero Maisel insiste: no se trata tanto del número exacto, sino de los hechos y sus consecuencias. El libro, que ya va por su tercera edición, combina testimonios, documentación y expedientes que sirvieron en los juicios de lesa humanidad. La memoria es un trabajo vivo que se actualiza, que busca que las nuevas generaciones reflexionen sobre las causas y no se queden solo en el horror. Sin memoria no hay futuro, y sin organización y lucha no hay justicia posible. Los genocidas mueren impunes como Blaquier, pero las ideas que quisieron exterminar reaparecen en cada marcha, en cada festival, en cada libro que se presenta en una casa del pueblo.