EL ANARQUISTA QUE ENSEÑÓ A ALLENDE A LEER EL MUNDO: LA EPOPEYA OLVIDADA DE JUAN DEMARCHI
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EL ANARQUISTA QUE ENSEÑÓ A ALLENDE A LEER EL MUNDO: LA EPOPEYA OLVIDADA DE JUAN DEMARCHI

(★) .- Un libro rescata al carpintero ácrata que sembró la rebeldía en el puerto de Valparaíso y que la historia oficial redujo a una anécdota.

La figura de Juan Demarchi emerge de las sombras como un fogonazo contradictorio: el mismo hombre al que el poder calificó de "agitador peligroso" fue quien, según confesó Salvador Allende a Régis Debray, le abrió las puertas del pensamiento de izquierda. El futuro presidente tenía catorce años y Demarchi, más de sesenta, cuando las tardes en el taller de carpintería del puerto se volvieron un aula de ajedrez y lecturas de Bakunin. Allende admiraba la sencillez de aquel obrero que había asimilado las cosas de la vida.
La investigación de Manuel Lagos Mieres desmonta la reducción historiográfica que condenó a Demarchi al papel de personaje romántico. Su periplo fue una larga marcha por el exilio y la persecución: expulsado de Brasil, encarcelado en la Patagonia argentina, deportado a Chile, preso en Antofagasta, relegado en la Isla Mocha. En cada escala fundó centros culturales, sindicatos, periódicos y mancomunales, desde Punta Arenas hasta Lota, convencido de que la cultura era una herramienta de emancipación y de que el oficio de carpintero permitía trabajar sin explotar ni dejarse explotar.
El libro señala los obstáculos para reconstruir su vida: la hegemonía de una historiografía marxista que privilegió al proletariado industrial afiliado a los partidos tradicionales y el consenso que elevó a Luis Emilio Recabarren como único padre del movimiento obrero, anulando los logros de la corriente anarquista. Frente a ese relato hegemónico, Demarchi aparece como un militante de una ética implacable, cuya coherencia entre ideales y vida cotidiana lo llevó a sacrificar su bienestar personal por la emancipación social.
La obra de Lagos Mieres devuelve a Demarchi a la escala humana y política que le corresponde, rescatando una obra que sus propios compañeros describieron como francamente apostólica. No es nostalgia: es la constatación de que en los márgenes de la historia oficial laten proyectos de autonomía que el progreso capitalista intentó sepultar y que aún esperan su hora.