La escena era chica, pero la puntería enorme. En abril de 1932, dos estudiantes de la Escuela de Drama de Yale, Albert Maltz y George Sklar, de 23 años, estrenaron en un pequeño teatro de Greenwich Village una pieza que no hablaba de fantasmas ni de amores imposibles: Merry Go Round retrataba los costos humanos del sistema de favores y sobornos que sostenía a la ciudad de Nueva York. La crítica especializada, golpeada por la Depresión, celebró la valentía del texto. Brooks Atkinson, del New York Times, la definió como un melodrama político electrizante por sus semejanzas con la realidad local.
El éxito inicial fue arrollador: doce ofertas para llevar la obra a Broadway. Pero cuando todo parecía encaminado, los dueños del teatro Cort se echaron atrás sin dar explicaciones. La obra se mudó al Avon Theatre, y ahí ocurrió lo previsible para quienes conocen las reglas del poder: la policía impidió el ingreso del público. La excusa oficial fue una licencia vencida, pero cinco teatros en la misma cuadra funcionaban con permisos atrasados. El comisionado de licencias, Edward Geraghty, insistió en un cumplimiento estricto que nunca antes había aplicado. El alcalde James Walker, salpicado por los escándalos que la obra denunciaba, calificó los reclamos del abogado Harry Weinberger como una maniobra publicitaria.
La censura fue tan burda que hasta los críticos más cautos alertaron sobre el mensaje que enviaba. Burns Mantle, del New York Daily News, advirtió que si no dejaban funcionar el teatro, la gente iba a creer que la historia estaba inspirada en hechos reales. Finalmente la obra se estrenó el 10 de mayo, pero el daño ya estaba hecho: el público no acompañó y la pieza cerró a las seis semanas. En noviembre, una segunda producción en Chicago fue anunciada como la obra que predijo la caída de Walker, quien renunció en septiembre. Maltz y Sklar nunca volvieron a sus clases en Yale. Prefirieron escribir sobre un país con quince millones de desempleados antes que encerrarse en una burbuja académica. Ambos fueron incluidos en la lista negra durante la Guerra Fría, pero su gesto inaugural quedó como testimonio: cuando el arte se mete con el poder, el poder responde. Y a veces, el arte gana la batalla de la memoria.