En el marco del Teatro del Absurdo, la obra Los incendiarios, del dramaturgo suizo-alemán Max Frisch, escrita en los años cincuenta, vuelve a escena por el colectivo Firebugs, cofundado por Luke Harlan junto a los actores Trevor Jonathan Lown y Liam Rhodes. Presentada en el Skylight Theatre de Los Ángeles, retrata a Gottlieb Biedermann, un capitalista ruidoso que amasó fortuna vendiendo tónico capilar y estafando a un empleado, y que vocifera contra los pirómanos que asolan su ciudad exigiendo que los cuelguen. Cuando el vagabundo Josef Schmitz se instala en su casa sin invitación y luego introduce a su cómplice William Eisenring en el ático, Biedermann no logra echarlos, pese a las evidencias que se acumulan.
La nota de Harlan en el programa de mano señala que la obra surgió para entender cómo la gente común ve acercarse la catástrofe y encuentra cien maneras de acomodarla, de dejarla entrar por la puerta principal. Setenta y cinco años después, esa pregunta sigue urgente. El texto periodístico sugiere que Frisch, testigo del ascenso del nazismo junto a la neutral Suiza, apuntaba a los industriales alemanes que financiaron a Hitler creyendo que podrían controlarlo. Esa lógica de apaciguamiento y capitulación es la que el artículo identifica hoy en magnates tecnológicos y corporaciones que respaldan al régimen Trump.
La crítica destaca que la obra, con actuaciones deliberadamente exageradas, encuentra en el absurdo una herramienta para volver inteligible lo que parece increíble. La moraleja, sostiene el texto, es resistir siempre a los extremistas autoritarios por cualquier medio necesario.