A los 96 años de vida de Joan Jara, su hija Amanda la recuerda no desde los objetos sino desde una presencia que se siente en cada rincón de la casa que compartieron. No hay un solo objeto que la traiga de vuelta, dice, porque su madre está en todas partes: en la chaqueta que usa, en los libros que lee, en la gente que se acerca a contarle que fue alumna suya. Esa omnipresencia no es casualidad, sino el resultado de una vida dedicada a entender el arte como algo que no se guarda en vitrinas sino que se teje con los afectos y las luchas cotidianas.
La entrevista con Amanda devela a una Joan Jara que entendió la danza mucho antes de subirse a un escenario: como una herramienta de expresión para decir algo, no para mostrar belleza sino para transmitir un mensaje. Esa convicción la llevó a cruzar el océano hacia una Alemania bombardeada después de la guerra, cuando era apenas una jovencita que eligió ver en los escombros no a enemigos sino a hermanos y hermanas en la desgracia. Esa experiencia marcó su sentido de hermandad, esa misma que después la llevaría a Chile y la haría parte del tren de la cultura durante la Unidad Popular, llevando la danza a todos los rincones.
El golpe militar no la silenció pero sí la transformó. Joan dejó de bailar después de 1973, pero encontró otra forma de mover el cuerpo y el alma: en 1978 presentó una querella por los crímenes ocurridos en el Estadio de Chile que se llevaron a Víctor Jara, su compañero. Amanda subraya que su madre nunca habló solo de su marido, sino de todas las víctimas del estadio, de esa multitud de personas apiladas en la morgue que no tuvieron la suerte de tener una cara conocida. Ella entendió desde el comienzo que era una tragedia colectiva, y por eso su denuncia fue siempre en nombre de los que quedaron sin voz, de las familias que con una fotito apenas pudieron reconocer a los suyos.
Pero la vida de Joan siguió siendo danza aunque ya no bailara. Amanda recuerda que tomaba clases con ella porque su madre necesitaba moverse, entrenar ese cuerpo que era su instrumento, como una adicción que no se abandona. Esa práctica la llevó a soñar con algo concreto: que los niños y niñas en las escuelas bailaran, no para formar artistas sino para conectarse con la vida, con la alegría y con la pena, para existir de una forma orgánica. Desde la fundación que lleva el nombre de su padre, Amanda y su equipo trabajan con niños en formación expresiva, con talleres de máscara, música y danza, ampliando horizontes que el sistema educativo suele cerrar.
El legado de Joan Jara desafía la lógica del arte como mercancía, esa que reserva la cultura para quienes pueden pagarla. Su hija lo dice sin vueltas: las disciplinas artísticas no son solo para la elite sino una herramienta vital de vida, con un arraigo popular que la llevó a recorrer el país en el tren de la cultura. Cuando viajaba denunciando lo que pasaba en Chile a mediados de los setenta, no iba sola: la acompañaban los Quila, los Inti, el Ángel, la Isabel, y con ellos exponía la tragedia pero también la música del país, porque la música se siente en el cuerpo y la denuncia se vuelve más potente cuando viene acompañada de belleza. Joan Jara fue tímida, como dice Amanda, y la audacia le costaba, pero subirse al escenario fue su manera de salirse de sí misma para compartir con otros desde otro lugar, y esa audacia la sostuvo hasta el final, convencida de que el arte es una herramienta para el amor y para la denuncia, una forma de estar en el mundo que no necesita objetos para recordar porque se hace presente en cada cuerpo que baila.