LA FIESTA ES EL FIN DE LA HISTORIA, PERO EL CAPITAL SIEMBRA MUERTE EN EL SURCO
Arte y Pensamiento

LA FIESTA ES EL FIN DE LA HISTORIA, PERO EL CAPITAL SIEMBRA MUERTE EN EL SURCO

(★) .- La filósofa Katya Colmenares llama a desandar la subjetividad moderna para volver a la comunidad que teje la vida.

La vida quiere vivir. Esa sentencia del maestro Enrique Dussel, que la filósofa Katya Colmenares trajo a la conferencia, suena simple como el agua de vertiente, pero se nos olvida entre tanto ruido. La vida quiere vivir y para eso necesita del otro, de la tierra, del cielo que manda la lluvia. No hay organismo que se reproduzca solo en este mundo. El árbol da semillas y la mayoría serán alimento para otros. La vida es comunidad, y la comunidad es el abrazo primero que antecede al yo.
Pero desde 1492, dijo Colmenares, comenzó un sistema civilizatorio que no reproduce la vida sino la muerte. La modernidad capitalista occidental, con su ciencia, su educación, su economía y su política, se metió tan adentro que nos colonizó por dentro. Reproducimos sus mandatos desde que abrimos los ojos hasta que cerramos la noche. El individuo moderno, hecho de la cosificación de toda la realidad, busca su propio interés y todo lo demás es medio para él: el otro sujeto, la naturaleza, la memoria. Esa es la racionalidad que aprendemos cada día en las escuelas, en las universidades, en las leyes que nos gobiernan.
La modernidad produce mercancías pero también produce sujetos que las consuman. Para que el sistema gire, necesita subjetividades dominadoras. Por eso, dijo la filósofa, el núcleo de esta civilización se resume en una sentencia invertida: yo soy si tú no eres. Israel es si Palestina no es. Esa es la lógica del genocidio que hoy vemos ante los ojos, y no es una anomalía del sistema moderno sino su esencia misma, su raíz. Así nació el proyecto civilizatorio hace más de quinientos años y así continúa, reproduciéndose en cada rincón de la tierra.
Frente a eso, Colmenares recupera el principio de las comunidades anteriores a la modernidad: yo soy si tú eres. Primero se reproduce la comunidad y ahí, como añadidura, viene la reproducción propia. La señal está en el ombligo, en esa cicatriz que nos recuerda que crecimos adentro de la piel de alguien, que venimos de una madre y que esa madre es tierra, humus, naturaleza. Pero la modernidad nos ha envenenado los ojos y ya no vemos que somos tierra con ancestros en la carne y en la voz. Cuando hablamos no habla el yo, hablan los nosotros que encarnamos.
La utopía también ha sido colonizada. Los hijos de esta época quieren ser exitosos, quieren estar en la cúspide de la pirámide del uno por ciento, y no ven que esa pirámide está hecha de sacrificios humanos. Por eso la filósofa llama a descolonizar la utopía y a construir otra subjetividad, una que sea comunitaria y no individualista. La comunidad no es cualquier agrupación humana: la sociedad moderna es de individuos que cumplen funciones y firman contratos, pero la comunidad es de servicio al otro, de bien común, de concebir la naturaleza como madre y no como objeto. Y si la naturaleza es madre, entre nosotros somos hermanos.
Hay que atender a las víctimas, que son el dolor del sistema, dijo Colmenares citando a Dussel. Metodológicamente hay que reconocer cuál es la víctima de cada sistema porque ahí está la patología. Y hay que hermanar esas luchas, organizar la resistencia entre todas las víctimas del mundo, sin importar la distancia. Porque las víctimas lejanas a veces son más cómodas, no tienen que ver conmigo. Pero el llamado es a mirar de cerca, a sentir el dolor propio y el ajeno como un solo cuerpo que clama justicia.
La filósofa terminó su intervención con una imagen que se queda grabada como semilla en la tierra. Los judíos, dijo, celebran después del Yom Kippur la fiesta de las cabañas, las sucas, que se construyen a toda prisa para ver las estrellas del cielo. Esa fiesta recuerda que la comunidad se hace aquí y se hace ahora, y que estamos al amparo de lo sagrado si estamos en comunidad. Y Palestina, dijo, ha aprendido a vivir viendo las estrellas del cielo, viviendo en comunidad y en unidad. La lucha terminará cuando comience la fiesta comunitaria de la justicia, esa que Dussel nombraba como el fin de la historia.