En febrero de 1977, en Indianápolis, Tony Kiritsis entró a la oficina de Meridian Mortgage, la compañía que estaba por despojarlo de su terreno, y salió con Richard Hall, hijo del dueño, atado al cuello con un cable conectado a una escopeta. Él mismo llamó a la policía. Las cadenas locales llegaron antes que los negociadores.
La película La negociación, estrenada en 2025, reconstruye ese episodio sin explicarlo del todo. Van Sant filma con estilo documental, montaje alternado y una cámara que observa los movimientos de Tony, la estrategia policial y el despliegue de los medios. El suspenso sostiene la trama, pero lo que queda vibrando es otra cosa.
Tony no pide dinero. Pide que se sepa quién es el señor Hall padre, dueño de la hipotecaria. Quiere inmunidad y disculpas públicas. El secuestro, más que un fin, es el modo de hacerse oír. El hombre común que intentó progresar con un proyecto comercial y quedó fagocitado por una corporación financiera encuentra en la violencia la única forma de ser reconocido como ser humano. No hay organización colectiva ni mediación legal en su horizonte. Solo él, su escopeta y la televisión que mira películas de John Wayne.
Al Pacino compone a un empresario que desde sus vacaciones lujosas no se conmueve ni por la vida de su propio hijo. La usura es legal y el dinero es su único interés. La policía monta un pacto de negociación falso para arrestarlo. Los medios transforman el suceso en espectáculo, presentándolo como loco o como héroe, y el locutor estrella Fred Temple, a quien Tony admira, no deja de mostrar su faceta de celebridad.
Esa soledad extrema es la que Van Sant pone en escena. El mito del hombre que se hace solo con su esfuerzo queda retratado como lo que es: una ficción para unos pocos. La resonancia con el presente, en tiempos de endeudamiento usurero y acceso imposible a la vivienda, no necesita subrayarse.