En la última semana de octubre, cuando la agrupación cumple 35 años, el documental Mi sueño cubano, del realizador español Christian Dehugo, llega a los cines de La Habana. No es un estreno más: es el testimonio de una escuela que formó a miles de alumnos y que sostiene una filosofía de trabajo donde lo que prima es el color del talento. Hay niños que despiertan antes y otros después, y eso, dicen sus responsables, es normal.
La cinta se presentó en festivales internacionales. Tuvo su lanzamiento en octubre de 2025 durante la Semana Internacional de Cine de Valladolid, en España, y este año fue seleccionada para clausurar el Havana Film Festival New York, en Estados Unidos. Después de su paso por las salas de la capital cubana, se proyectará en Portugal del 9 de noviembre al 15 de diciembre.
Dehugo lo dice sin vueltas: frente a los estereotipos que pesan sobre Cuba, su película busca aportar otra visión. “Nosotros no estamos conformes con la Cuba que tenemos, nosotros soñamos una Cuba”, afirma. Liz Francesca lo complementa: la gente carga etiquetas pesadas sobre la isla y no somos eso.
El documental muestra dimensiones educativas, académicas, sociales y artísticas. Pero sobre todo captura el poder de unión de la escuela, esa capacidad de congregar a tanta gente con armonía y pasión. Una bailarina o un bailarín que no se haya sacrificado, que no haya entregado todo lo que siente, difícilmente sea un buen artista. Eso también lo dice el material.
La proyección en Portugal cierra un recorrido que empezó lejos de la isla y vuelve ahora a ella. En el medio, una maestra y coreógrafa, Liz Alfonso, sostuvo durante más de tres décadas un sueño que transformó vidas. El documental lo deja ver: no como mercancía de festival, sino como memoria viva de una comunidad que baila.