"Para quién canto yo entonces si los humildes nunca me entienden..." La pregunta debiera incomodarnos más de lo que lo hace. Porque la formulamos, sí, pero seguimos cantando. Y eso -que sigamos- es lo que necesita explicación, no la rotura del espejo.
Desde Sin Registro no tenemos certezas sobre quién está al otro lado. Lo que tenemos es una hipótesis de trabajo: que hay quienes, como nosotros, habitan la fractura entre los lenguajes que heredaron y los que los habitan. Pero esta hipótesis puede ser falsa. Puede que hablemos sólo con quienes ya piensan como nosotros, que la "diversidad de códigos" que celebramos sea, en rigor, la diversidad de una misma clase fragmentada en estilos.
No rechazamos el rol de maestros por virtud democrática. Lo rechazamos porque ya no funciona: la pedagogía vertical requería instituciones que mediaran entre "el que sabe y el que aprende", y esas instituciones -escuela, partido, sindicato-han perdido densidad o han mutado en algo irreconocible. Nuestra "horizontalidad" puede ser, entonces, no una elección política sino una adaptación a la impotencia. No lo sabemos. Y no saberlo es parte del problema.
Escribimos "desde donde estamos" no porque sea políticamente correcto, sino porque no sabemos escribir desde otro lugar. La pregunta es si este reconocimiento nos libera o nos condena. Si "ser pueblo" es condición de posibilidad o excusa para no ampliar el círculo de interlocución.
La desconstrucción colectiva que proponemos tiene un escollo: ¿quién convoca a la colectividad? ¿Quién pone la mesa donde se desarman los discursos? La infraestructura material de esa reunión -la plataforma, el local, el tiempo libre- no es neutral. Quienes llegan son quienes pueden llegar. La "resistencia" que descubrimos en las fisuras del lenguaje neoliberal puede ser, en el mejor de los casos, resistencia de quienes ya tienen qué perder.
Los algoritmos que distribuyen nuestros textos no sólo filtran: producen. Producen públicos segmentados, atención acotada, comunidades de afinidad que se confunden con comunidad política. Cada vez que publicamos en una plataforma corporativa, participamos de una economía de la visibilidad que no controlamos. Cada vez que buscamos alternativas autogestionadas, reproducimos la marginalidad como virtud. No hay vía pura. Elegir es calcular qué forma de impureza permite más alcance, más duración, más encuentro imprevisto. Pero calcular no es garantía.
La escritura como "insubordinación simbólica" suena bien. Pero ¿insubordinación frente a quién? ¿Frente al sentido común dominante, o frente a quienes ya comparten nuestro sentido común disidente? ¿No hay algo de confort en la "insubordinación" que aplauden quienes ya están de acuerdo? La pregunta no es retórica. La respuesta requeriría investigación que no hemos hecho: quién lee, cómo lee, qué hace con lo leído, si algo cambia.
Decimos que cantamos "para quienes quieren cantar con nosotros". Es cierto. Pero también es una tautología que elude el problema: ¿cómo se produce el querer? ¿Qué hacemos -qué hace nuestro texto- para que alguien que no cantaba quiera empezar? Si no hay respuesta clara, entonces no estamos construyendo comunidad discursiva. Estamos consolidando una tribu que se reconoce en sus propios ecos. Y el espejo roto, lejos de ser metáfora de crisis, sería la forma perfecta de no ver que no vemos más allá de nuestros fragmentos.
No cerramos con destellos de "nosotros posible". Cerramos con una tarea: averiguar si hay alguien más en la sala, y si no lo hay, preguntarnos qué hicimos para que se fuera.