Estos días estamos viendo en Argentina cómo la democracia participativa se reduce a un ritual vacío, un teatro burocrático donde la ciudadanía es espectadora de su propio despojo.
Y la farsa se consuma en las audiencias públicas por la Ley de Glaciares. Más de 120.000 personas intentaron alzar la voz, pero el mecanismo —diseñado para el fracaso— solo permitió hablar a 200. El 99% restante fue relegado a papeles y grabaciones que nadie escuchará, transformando un derecho en un trámite administrativo. La selección de quienes serán parte de ese menos del uno por ciento ha estado también amañada: se le dio lugar a referentes de organizaciones, a algunas personas "comunes", y en su gran mayoría a personas ligadas a empresas o intereses mineros. Se pretende así una farsa participativa que el público mire por TV y donde, sin saber todo esto, podría pasar.
Sin embargo, esta es una más de las tantas formas de asegurar la ley que pretende el sector minero. También se han presionado votos de legisladores, diputados, gobernadores... Presionado o negociado, poco importa la diferencia.
Se están también obviando cumplimiento de leyes nacionales e internacionales. La weychafe mapuche Moira Millán denunció desde Chubut esta exclusión estructural y la violación del Convenio 169 de la OIT, que exige consulta previa a las 36 naciones originarias.
El Estado, en su arrogancia colonial y republicana, decide sobre la vida y la muerte privilegiando el capital. Frente al Congreso vallado, símbolo físico de la distancia de clase, la sociedad civil montó su propia audiencia paralela. "Traé tu silla o reposera y hagamos fila hasta que nos escuchen", fue el grito contra la simulación.
La República surgió como un modelo que derribó monarquías y regímenes absolutistas. O al menos, tenía la intención original (en el pueblo), de hacerlo. Planteaba dividir poderes para que justamente no fuera posible el accionar amañado y cómplice entre poderes.
La democracia, surgida en Grecia, también, aunque su surgimiento ya traía consigo la concepción de que "pueblo" era sólo una elite, la que era parte de la clase media comerciante. Es decir, surgió como un modelo que estaba pensado para responder a las necesidades y deseos de una clase que contaba con ciertos privilegios, en detrimento de la clase baja que era la que mayoritariamente aportaba la mano de obra. Esto sigue siendo más o menos igual.
Entonces, en procesos como los que vive y pareciera que seguirá viviendo Argentina (y buena parte de Nuestramérica), en los que buena parte de la clase media acostumbrada a ciertos derechos empieza a verse venida a menos, pasando a engrosar la clase baja, las preguntas empiezan a surgir en torno a qué modelo debiéramos adoptar para no vernos envueltos en estas trampas.
¿Hay forma de que haya un "capitalismo bueno"? ¿Hay forma de que la representatividad logre resarcirse con las mayorías? ¿Hay pensadores buscando soluciones? ¿Podrá salir la solución para la clase baja de quienes habitan la clase media?
¿Es posible la empatía de sentir el sufrimiento de otros para motorizar el saber de la clase media en favor de la clase baja? ¿Es posible que la clase baja se abra camino en el mar de dulce de leche que ha creado el estatus quo?
Las resistencias se tejen y van construyendo de manera empírica las respuestas a las afrontas de un sistema injusto. Tendremos que lograr vencer la inmediatez y el individualismo, dos males que nos han sembrado como antídoto al accionar popular.