EL HECHIZO DE LA GÓNDOLA: MARX Y EL MISTERIO DE LAS COSAS QUE MANDAN
Reflexión breve

EL HECHIZO DE LA GÓNDOLA: MARX Y EL MISTERIO DE LAS COSAS QUE MANDAN

(★) .- Cómo la lógica del capital transforma el sudor de les trabajadores en un desfile de objetos con vida propia.

Karl Marx desentraña en su obra cumbre que la riqueza de las sociedades capitalistas se presenta como un arsenal inabarcable de objetos con voluntad propia. La mercancía deja de ser un simple producto útil para convertirse en algo misterioso, un fetiche sensiblemente suprasensible. Este fenómeno borra sistemáticamente la huella de les trabajadores. Nos induce a creer que los objetos poseen valor por una virtud intrínseca, ocultando el esfuerzo de la clase obrera tras una máscara de precios y etiquetas relucientes.
El secreto reside en la forma misma de la mercancía, la cual transmuta el carácter social del trabajo en una propiedad objetiva de los productos. Las relaciones sociales entre personas se manifiestan como vínculos materiales entre cosas, un truco de magia del sistema que Marx denomina fetichismo. El valor de cambio domina la escena. La cantidad de trabajo socialmente necesario para producir un bien queda sepultada bajo la fría lógica del mercado. Les consumidores interactúan con objetos inanimados e ignoran la red de explotación que sostiene cada estante de un supermercado.
Esta religión de los objetos se profundiza bajo el dogma neoliberal. El mercado se erige como un dios omnipotente que decide el destino de las naciones. Bajo esta lógica, el régimen Trump refuerza la idea de que la acumulación de cosas es el único camino a la realización personal. La digitalización y el consumo desenfrenado nos alejan cada día más de la comprensión del proceso productivo. Las personas pierden su agencia política frente a la tiranía de la oferta y la demanda.
Romper el hechizo del fetichismo exige una mirada suspicaz y una organización colectiva sólida. Recuperar el sentido de lo común implica despojar a los objetos de su aura divina. Debemos reconocer el valor real en el esfuerzo compartido de les trabajadores. La soberanía de nuestros pueblos depende de la capacidad de ver más allá del escaparate. Solo la solidaridad y la conciencia de clase pueden disipar la niebla que el capital interpone entre nosotres y la realidad de nuestra propia producción.