El Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos (SAFyB) denuncia con crudeza lo que las autoridades sanitarias se niegan a ver: existe un mercado negro de drogas que utiliza medicamentos de uso hospitalario como moneda de cambio. Marcelo Peretta, secretario general del gremio, señala con el dedo acusador al gobierno nacional por ignorar sistemáticamente las alertas que vienen realizando desde hace más de una década. La muerte del residente del Hospital Rivadavia por consumo de propofol y fentanilo no es un caso aislado, sino la punta del iceberg de un sistema de desvíos organizado.
Peretta describe un escenario alarmante donde analgésicos, narcóticos y anestésicos desaparecen de hospitales y clínicas para terminar en fiestas sexuales o en manos de personas adictas. El fentanilo adulterado que causó 173 muertes es apenas una muestra de este circuito paralelo que opera con total impunidad. El dirigente sindical afirma que recorriendo Constitución y debajo de las autopistas de CABA se comprueba el abuso generalizado de estas sustancias, que han desplazado a drogas tradicionales como la cocaína y la marihuana.
Las críticas apuntan directamente al Ministerio de Salud y a la ANMAT por su inacción cómplice. Peretta sostiene que los protocolos actuales son insuficientes y fácilmente violables: basta con abrir un cajón, cambiar ampollas originales por adulteradas o simplemente hacer desaparecer unidades. Existe un "robo hormiga" institucionalizado que nadie controla. La industria farmacéutica, según el denunciante, tampoco tiene interés en rastrear el destino final de sus productos, ya que le da igual si se usan para anestesiar pacientes o para consumo recreativo.
El sindicato exige implementar sistemas de trazabilidad como en otros países, donde se obliga a declarar quién vende, quién dispensa y quién utiliza cada medicamento. Sin estos controles, el circuito ilegal seguirá operando con la complicidad de un Estado que mira para otro lado. La muerte del enfermero entrerriano encontrado en Palermo con ampollas de midazolam, propofol y fentanilo confirma que el problema es estructural y requiere respuestas urgentes que hasta ahora brillan por su ausencia.