Se cumple un mes de la rebelión obrera y campesina que sacude Bolivia. Lo que arrancó como protestas sectoriales se transformó en un movimiento que tiene al gobierno de Rodrigo Paz contra las cuerdas. Los tiempos se aceleraron y el país entró en terreno de definiciones: mientras el régimen intenta desarticular la movilización con pactos por arriba y la mediación de la iglesia, las bases avanzan por abajo con bloqueos, huelgas y asambleas que desconocen a sus propias dirigencias.
El operativo represivo de la semana pasada fracasó. Una caravana policial-militar con disfraz humanitario no logró quebrar la resistencia. Al contrario, los bloqueos crecieron hasta llegar a 150 puntos en su pico máximo, y hoy rondan los 70, sostenidos por campesinos y trabajadores autoconvocados. Los choferes de La Paz se sumaron con una huelga indefinida, y cuando sus dirigentes fueron a negociar, las asambleas de base los desconocieron. El miércoles, en el día de la madre boliviana, una marcha de mujeres lanzó una consigna que apunta al corazón del aparato represivo: si sus hijos que prestan servicio militar son llamados a reprimir, deben volver a sus hogares y sumarse a la lucha.
Lo más profundo de este proceso es la autoorganización desde abajo. Los autoconvocados desbordan a las burocracias sindicales y deciden todo en asambleas. El propio secretario general de la COB lo admitió en televisión: "La gente se está autoconvocando, ya nos han rebasado a los dirigentes. Incluso nos han tratado de traidores, vendidos". El gobierno propuso diálogo con la conferencia episcopal como mediadora, pero las principales organizaciones obreras y campesinas saben que sentarse puede ser visto como una traición. Muchos quieren negociar, pero no lo tienen nada fácil.
El régimen de Paz discute la posibilidad de instaurar el estado de excepción, que permite prohibir protestas y desplegar el ejército. El Congreso, copado por la derecha de Paz y el ultraderechista Tuto Quiroga, derogó la ley que limitaba las facultades del presidente para declararlo. Pero el problema no es jurídico, sino político: ya intentó desbloquear las rutas con represión y fracasó. Si insiste, va a una prueba de fuerza de la que puede salir eyectado. Paz es más un equilibrista que un soberano, atrapado entre la movilización obrera y campesina por un lado y la derecha racista del oriente por el otro.
La clave de todo está en lo que pasa por abajo. Los comités de bloqueo del Distrito 8, en el Alto, buscan coordinarse entre sí, tendiendo lazos de unidad por encima de las direcciones. En la zona de Sencata, territorio de enorme tradición de lucha donde en 2019 hubo una masacre contra el pueblo alteño, estos comités crecieron ante el abandono y la traición de las dirigencias. Las bases hicieron experiencia en enero, cuando la COB traicionó al pactar con el gobierno y levantar la medida. Por eso hoy desconocen a esas direcciones que negocian a sus espaldas. La rebelión boliviana muestra que la acción directa es el único lenguaje que entienden estos gobiernos, y que la autoorganización es la única vía para enfrentar la desmovilización que empujan las burocracias.