El primer semestre de 2026 dejó un dato que golpea directo al plato de las mayorías: el consumo de carne vacuna se derrumbó un 11,5% en comparación con el mismo período del año anterior, según datos de la Bolsa de Comercio de Rosario. Es el nivel más bajo en 30 años, con un promedio de apenas 44,8 kilos por habitante al año. La noticia, que difundió la radio de la Universidad Nacional de Rosario, confirma que el bolsillo popular ya no da para mantener el tradicional asado de los fines de semana.
El informe de la BCR detalla que la producción total de carne vacuna fue de 1,45 millones de toneladas, apenas un 0,5% menos que en 2025. Sin embargo, la faena cayó un 1,2% interanual, con 7,2 millones de cabezas. La paradoja es que mientras el mercado interno se achica, las exportaciones crecen como nunca: en el primer semestre se vendieron al exterior 513 mil toneladas, un 10% más que el año pasado, según consignó Ámbito Financiero. El 35% de la producción total ya se va afuera, un récord absoluto.
El diario El Eco de Tandil sumó otro dato escalofriante: el consumo interno lleva cinco años consecutivos a la baja. En 2022 se consumían 52 kilos por persona; hoy son menos de 45. La tendencia no es solo económica, sino también cultural: el poder adquisitivo licuado empuja a las familias a reemplazar la carne vacuna por opciones más baratas como el pollo o el cerdo, o directamente a reducir el consumo de proteína animal. Mientras tanto, la industria frigorífica mira con otros ojos el mercado chino y los acuerdos comerciales con Estados Unidos y la Unión Europea.
El combo es letal para la mesa de los argentinos: salarios que no alcanzan, inflación que no cede y un modelo productivo que prioriza la exportación por sobre el abastecimiento local. La parrilla, símbolo de la identidad nacional, se convierte en un lujo cada vez más inaccesible para las mayorías populares.