La guerra civil salvadoreña empujó a la familia de Jennifer Cárcomo a cruzar el norte en los años 80. Ella nació y creció en Los Ángeles, primera generación en territorio gringo, rodeada de pupusas y cumbia pero con un agujero negro en la historia familiar. Nadie quería hablar del porqué de la huida. Recién en la universidad, cuando se topó con la Unión Salvadoreña de Estudiantes Universitarios (UCEO) en UCLA, empezó a conectar los puntos entre su identidad y las causas profundas que obligaron a su mamá a migrar siendo una niña.
Carcomo investiga los orígenes del Partido Comunista de El Salvador, fundado en marzo de 1930 y destruido dos años después por la Masacre de 1932. Ese genocidio contra la comunidad indígena y campesina, ordenado por el dictador Maximiliano Hernández Martínez, fue silenciado durante décadas. "Se sabe más de la Matanza afuera de El Salvador que adentro", dice la historiadora. Recién en los 90 empezaron a salir las primeras investigaciones. Hoy, una nueva generación de académicas como ella está rescatando lo que ella llama "la respuesta del fascismo salvadoreño" y sus repercusiones a largo plazo.
Sobre el presente, Carcomo no tiene dudas: Bukele es de derecha, aunque se vista de populista. Controla el Ejecutivo, el Judicial y el Legislativo, y criminaliza a cualquier oposición. La historiadora traza paralelismos directos con Martínez: ambos autoritarios, ambos populistas, ambos persiguiendo no solo a un enemigo declarado (comunistas ayer, pandilleros hoy) sino a cualquiera que se cruce en el camino. "Hay quienes todavía creen que Martínez fue buen presidente a pesar de lo que sucedió", advierte, "lo mismo pasa con Bukele".
Su proyecto más urgente es el libro "Historias Prohibidas del Istmo: Comunistas Centroamericanos durante el auge del fascismo del siglo XX, 1920-1940", que ya está en imprenta y saldrá en uno o dos años. También planea un mini documental para que la historia llegue a quienes no tienen acceso al libro. Porque para Cárcomo, investigar no es un ejercicio académico frío: es desenterrar las áverdades que su familia no pudo contar y que el poder de turno prefiere enterrar.