Hace apenas un cuarto de siglo, el norte del Chaco paraguayo era un mar de bosques y sabanas naturales. Hoy, el 87% de cobertura arbórea que existía en el año 2000 se redujo a un 52% de escombros forestales, según documenta Luis María de la Cruz en un informe para Servindi. El agronegocio, la exploración minera y la fiebre de caminos transformaron el paisaje en praderas ganaderas y potreros, mientras los grupos del pueblo Ayoreo que aún se mantienen en aislamiento resisten el avance de lo que llaman "la última transformación".
El pueblo Ayoreo divide el tiempo a partir de colapsos que se preservan en la memoria oral. Cada transformación representó un derrumbe y una nueva forma de vivir. Pero lo que ocurre ahora, con la profundización de las políticas extractivistas del gobierno de Santiago Peña, amenaza con ser la etapa final y absoluta. El discurso oficial promete crecimiento económico mientras se acentúan las exploraciones de hidrocarburos, tierras raras y litio, y se busca posicionar a Paraguay entre los mayores exportadores de granos y carne del mundo.
El golpe de gracia es el Corredor Bioceánico Capricornio, que atraviesa el Chaco de este a oeste para conectar los centros productivos de Brasil con los puertos del Pacífico en Chile, orientados al comercio asiático. Este megaproyecto impacta de lleno el territorio ayoreo y ya proyecta rutas transversales que cruzarán incluso las áreas intangibles del Chaco boliviano. Las consecuencias son drásticas: fuentes de agua contaminadas por agroquímicos, fauna silvestre diezmada y aire envenenado en los restos de bosque que quedan como refugio.
Paraguay, después de tres décadas de construcción de derechos indígenas, todavía no reconoce formalmente la presencia de grupos en aislamiento en su territorio. El derecho a la tierra queda subsumido al derecho a la propiedad privada de los colonos y las empresas agroexportadoras que determinan las decisiones políticas sobre la región. Mientras tanto, los pequeños grupos del pueblo Ayoreo siguen resistiendo y evitando el contacto con los agentes de cambio que empujan su mundo hacia el colapso, aferrados a la esperanza de que el monte no se cierre y se silencie para siempre.