LAS MATRONAS QUE SEMBRARON ESCUELA EN LA SELVA DE CEMENTO
Reflexión | Analisis Político

LAS MATRONAS QUE SEMBRARON ESCUELA EN LA SELVA DE CEMENTO

(★) .- En el barrio Alfonso López, en la periferia de Usme, mujeres afro sostienen desde hace más de diez años un proceso etnoeducativo nacido para frenar la deserción de los niños afro.

La pregunta la escuchó mil veces en el colegio. ¿De dónde eres tú? Y ella contestaba que de Bogotá, porque nació en Bogotá. Pero le insistían. ¿Y tus papás de dónde son? Los afro no nacen en Bogotá, le decían. Entonces empezó a responder que era del Chocó, porque había aprendido que todos los afro son del Chocó. Así se lo contó Laura Marlene Ochoa Murillo a quien la entrevistó. Trabajadora social, coordinadora de la Escuela Yemayá, ella misma se define como resultado del proceso que ayudó a fundar.
Todo empezó cuando las matronas vieron que los chicos abandonaban las aulas. Había racismo, dice Laura. Cuando un niño reaccionaba con violencia, llamaban al niño afro. Al violento, al bulloso. Ellas dijeron que eso no podía seguir pasando con sus hijos. Muchas habían llegado desplazadas. Casi todas habían estudiado hasta quinto de primaria. Rosa Murillo, la mamá de Laura, es una de ellas: llegó hasta ese grado porque ahí ya sabía leer y escribir, ya era funcional para el sistema, ya podía entrar a trabajar. Con esas herramientas, con articulación con universidades y procesos afro, armaron alfabetización, talleres, acompañamiento.
De ese fortalecimiento escolar derivaron otras cosas. El autorreconocimiento. Reconocerse como jóvenes afro en una ciudad que no los reconoce. Laura cuenta que en la universidad sintió un vacío de negritud y se propuso negrecerla. Ver a los pensadores afro, a los académicos afro. Ese trabajo la llevó hasta CLACSO, y para poder ir fueron las compañeras del proceso las que hicieron rifas y vendieron cosas. Ella lo dice sin vueltas: no está Laura sola, está la representación de Usme.
El afrofeminismo entró ahí como una necesidad. En el feminismo hegemónico no se sentía representada. Cuando conoció el afrofeminismo dijo: de aquí soy. Porque sobre su cuerpo pesa también la raza, y la misoginia que sufre no es la misma que sufre una mujer blanca. Su mamá sacó a tres mujeres adelante con un quinto de primaria. Hoy estudia una licenciatura en educación comunitaria en la universidad pública, con una beca. Laura entró por cupos especiales del fondo de comunidades afro.
Sobre el gobierno nuevo, Laura no se guarda nada. Dice que es desalentador. Que venir de un gobierno con una vicepresidenta afro y después ver llegar a uno que tras el terremoto fue a Buenaventura a llevar balones es un insulto. La gente no come balones, dice. Y el miedo está ahí, latente: que vuelvan los falsos positivos, que maten líderes, que caminar por la calle siendo afro sea otra vez un peligro.
Los sábados, en los talleres, son los niños los que la recargan. La contradicen, la cuestionan, le preguntan por qué las cosas son así y no de otra forma. Ellos son el presente, dice. Y su mamá, que le enseñó que el amor también es revolucionario.