Entre 2000 y 2024, el 1% más rico del mundo se quedó con el 41% de toda la riqueza nueva del planeta. La mitad más pobre recibió el 1%. El dato sale del trabajo que la científica social brasileña Adriana Erthal Abdenur repasó en una entrevista con CLACSO TV. No es una cifra más: es la radiografía de un mecanismo que se reproduce solo, de una concentración que se hereda y se defiende.
Abdenur integra el Comité Fundador del Panel Internacional sobre la Desigualdad, el IPI, iniciativa científica y política global para proveer a los gobiernos de información y estrategias contra la disparidad creciente de ingresos y riquezas. La propuesta nació durante la presidencia sudafricana del G20, cuando Cyril Ramaphosa creó un comité extraordinario sobre desigualdad global presidido por Joseph Stiglitz. De ahí salió el diagnóstico y la urgencia de armar un espacio permanente de evaluación independiente.
Lo que se rompió, dice, es la ilusión de que la desigualdad era un problema viejo y tolerable. Hay formas nuevas y niveles sin precedentes. La constitución del sector de inteligencia artificial, con su enorme concentración de mercado, es uno de esos fenómenos inéditos. El desafío es sistémico y no existe todavía una institución internacional dedicada a evaluar sus causas, consecuencias y las políticas capaces de hacerle frente.
Abdenur subraya que la concentración de riqueza no se comporta como la de ingresos. Es más grave, más intergeneracional, se reproduce de una manera que los salarios no conocen. Por eso el panel no quiere mirar solo los ingresos, sino también la riqueza, y cruzar esa lente con las desigualdades racial, de género y geográfica. En la lista aparecen la tributación, el gasto público, la concentración de mercados, la deuda, la arquitectura financiera internacional, el comercio, la propiedad intelectual y la tecnología.
El contexto político no ayuda. Abdenur reconoce que parte de esas lógicas no solo se profundizan, sino que en muchos casos son militadas por sectores políticos que hacen de los datos una campaña. Frente a eso, ve una oportunidad: hay cuestionamientos al paradigma neoliberal que ocurren incluso dentro de los centros de poder que tradicionalmente promovían esa mirada. Y las evidencias muestran que se puede crecer y reducir desigualdad a la vez, algo que los neoliberales niegan cuando dicen que para crecer hace falta aceptar un nivel alto de disparidad.
La científica insiste en que lo económico y lo político están entrelazados. La concentración de mercado se traduce muy fácilmente en concentración de poder. En Brasil menciona el fortalecimiento de los lobbies, la propiedad de los medios que transmiten los mensajes, el acceso al sistema de justicia y ahora los algoritmos y las redes sociales. Quien tiene esos elementos en sus manos no necesita poseer los medios de comunicación para orientar cómo la gente percibe la realidad, incluso la económica.
Sobre el cambio climático, traza un cruce que suele quedar fuera de los análisis más economicistas. Las poblaciones más vulnerables y de baja renta son las más expuestas a los eventos climáticos, como se vio en Rio Grande do Sul y en Nepal con el derretimiento de los glaciares. Pero además, las familias y corporaciones más ricas tienen una huella desproporcionada, y las sociedades muy desiguales tienden a invertir en proyectos de alto impacto climático. Reducir la desigualdad es, entonces, atacar el clima desde varios ángulos. Y hay un punto que el debate sobre responsabilidades comunes pero diferenciadas no captura: la gente rica de Brasil, de Argentina o de toda la región tiene una huella enorme que no aparece en esa discusión entre países.
La pregunta sobre si la desigualdad extrema es compatible con la democracia recibe una respuesta tajante. No lo es. Abdenur habla desde su experiencia en Río de Janeiro, una ciudad maravillosa y complicada por la desigualdad. Se crea una élite muy distante de la vida de la gran mayoría, y eso se traduce en patrones de votación, comportamientos políticos y discursos que legitiman y normalizan la disparidad. Menciona a la extrema derecha de la región y su discurso del emprendedorismo como una forma de normalizar la supuesta meritocracia. Para que haya participación, dice, todos los ciudadanos necesitan acceso a la justicia, a las comunicaciones, a la educación, a la salud.
El panel ya tiene apoyos formales. No solo de Sudáfrica: el presidente Lula firmó un artículo de opinión junto a Ramaphosa y al primer ministro Sánchez de España. Noruega se sumó, y también la Unión Africana. En dos semanas habrá una serie de eventos al margen de la Asamblea General en Nueva York para lanzar formalmente el IPI. No es una agenda solo de países en desarrollo: Alemania también discute la desigualdad. El reporte original está en la página de la presidencia sudafricana del G20, y circulan cartas para que académicos y organizaciones de la sociedad civil firmen su apoyo.
Abdenur sueña con un gran plan regional contra las desigualdades. "No cuesta soñar", dice. América Latina tiene problemas graves, pero también experimentos interesantes en el combate a la disparidad. Hay mucho que aprender y mucho que enseñar al mundo.