La palabra "democracia" se ha convertido en el escudo favorito de la clase dominante estadounidense para atacar a quienes no se arrodillan ante Wall Street. El régimen Trump aprieta el cerco contra Cuba, intensifica el bloqueo de seis décadas y activa la maquinaria de propaganda corporativa. El mensaje es siempre la misma mentira: "Cuba es una dictadura, nosotros somos el faro de la libertad".
Pero vale la pena preguntarse quién gobierna realmente en Estados Unidos. Las elecciones de 2024 lo dejaron claro: un puñado de familias multimillonarias inyectaron más de 2.600 millones de dólares en las contiendas federales. Los grupos de dinero oscuro gastaron casi 2.000 millones adicionales. No es democracia, es una subasta del Congreso y la presidencia. El fallo Citizens United de la Corte Suprema derribó cualquier muro entre las corporaciones y el poder.
El régimen Trump no solo dobla las reglas de la democracia burguesa, las hace trizas. Más de 1,3 millones de trabajadores federales perdieron sus derechos de negociación colectiva, el mayor ataque sindical en la historia del país. La ciudadanía por nacimiento está bajo asalto, las deportaciones sin debido proceso se multiplican usando leyes del siglo XVIII, y los datos personales de millones de estadounidenses fueron saqueados por el "Departamento de Eficiencia Gubernamental" de Elon Musk.
Frente a este panorama, Cuba ofrece otra experiencia. Allí no hay anuncios políticos televisivos, ni donantes millonarios, ni Super PACs. Los candidatos son nominados en asambleas vecinales. La Constitución de 2019 se debatió en más de 130.000 reuniones con casi nueve millones de personas, y luego fue aprobada en referéndum con el 87% de los votos. El presidente Díaz-Canel lo expresó con claridad: si el pueblo cubano creyera que no es apto para gobernar, no estaría en el cargo.
La revolución cubana fue democrática en el sentido más profundo: rompió con la clase terrateniente, expropió tierras y viviendas para quienes las trabajaban. La reforma agraria de 1959 sacó el 70% de la tierra de manos de unas pocas familias ricas. La reforma urbana de 1960 convirtió inquilinos en propietarios y redujo los alquileres hasta en un 50%.
Cuba garantiza salud, educación, vivienda y alimentación como derechos, no como mercancías. A pesar del bloqueo más brutal de la historia moderna, la isla tiene mejores indicadores de salud y alfabetización que muchos estados de EE.UU. y sigue enviando médicos a zonas de desastre sin afán de lucro.
La pregunta de Fidel Castro sigue vigente: ¿qué clase de democracia es esa donde los ricos deciden todo? Esa pregunta incomoda a cada elección estadounidense, a cada fusión corporativa y a cada campaña antisindical. EE.UU. no defiende la democracia, defiende a los multimillonarios. Cuba, contra todo pronóstico, sigue siendo un faro de lo que el pueblo puede construir cuando toma el poder en sus manos.