La inspección ocular realizada en Pergamino no fue un mero trámite judicial: convirtió al territorio fumigado en prueba concreta dentro de una causa que lleva años de lucha. Vecinas, organizaciones ambientales y la defensa lograron que el terreno arrasado por agrotóxicos hable por sí mismo ante la Justicia.
Durante la recorrida, profesionales y peritos constataron en vivo las consecuencias de las fumigaciones con glifosato y otros venenos que caen sistemáticamente sobre escuelas, viviendas y cuerpos. No hicieron falta informes técnicos rebuscados: bastó con pisar la tierra contaminada para que el territorio se transformara en evidencia. La jueza oyó los testimonios de quienes viven rodeados de soja transgénica y respiran el cóctel químico que la agroindustria derrama sin control.
Este hecho marca un precedente en la región. Mientras el agronegocio sigue operando como si el territorio fuera descartable, la comunidad organizada demuestra que la prueba está a la vista, literalmente bajo los pies del sistema judicial. La inspección no solo documentó el daño ambiental: expuso el modelo productivo que prioriza la rentabilidad por sobre la vida.
Lo que ocurrió en Pergamino es un recordatorio de que la lucha contra el extractivismo no se gana solo en los tribunales, sino en el cuerpo del territorio. La tierra fumigada ya no es un dato en un expediente: es una prueba que late, que huele a veneno y que exige justicia.