POESÍA EN LAS CÁRCELES, LA APUESTA QUE DESMIENTE LOS ESCENARIOS
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POESÍA EN LAS CÁRCELES, LA APUESTA QUE DESMIENTE LOS ESCENARIOS

(★) .- Un festival que lleva escritores a penales, comedores y refugios sostiene que la cultura no se enseña desde arriba sino que se comparte entre iguales.

Hay una distancia que el Festival VaPoesía recorre desde 2013 y que ninguna métrica de gestión cultural sabría capturar: la que separa al poeta del territorio donde lo esperan. Sus directores, Marta Miranda y Ricardo Rojas Ayrala, insisten en un punto que incomoda a la lógica de los escenarios y las luces. No vienen a enseñar. Vienen a compartir saberes, y sostienen que los compañeros del territorio poseen conocimientos que los poetas, capacitados en el mundo de la cultura, no tienen. Ahí, en ese trueque desparejo, ubican el corazón de la propuesta.
La edición número trece del encuentro se despliega del 6 al 17 de octubre entre Mendoza y Buenos Aires, con más de 2.500 kilómetros recorridos en quince días. Las sedes hablan solas: penales, institutos, sindicatos, universidades, comedores populares, refugios de gente en situación de calle, los planes de alfabetización y las escuelas de los curas villeros. La mayoría de esas actividades son cerradas, algunas por restricciones legales. No hay público que compre entrada.
Ahí late algo que excede la agenda cultural.
Desde 2013 pasaron más de 180 escritores y 50.000 personas participaron de las propuestas, según informan los organizadores. Esta edición suma dieciséis poetas nuevos, entre ellos Athena Farrokhzad (Suecia), Grug Muse (Gales), Orlando Gallo (Colombia), Guillermo Acuña González (Costa Rica) y Martha Mega (México), junto a nombres argentinos como Carlos Estevez, Julián López y Paula Galindez. El perfil es heterogéneo: abogados, jóvenes talleristas, escritores que combinan la poesía con otros oficios.
La apertura oficial fue el lunes 6 de octubre en la Municipalidad de Lavalle, Mendoza. El cierre, el viernes 17, en el Café La Poesía de San Telmo. Entre medio, el festival propone un espacio de reflexión donde la poesía aparece como arma cargada de futuro y de condición humana, y donde alguien, aunque sea un rato, puede salirse de la urgencia cotidiana y preguntarse qué vida quería. Esa pregunta, formulada en un penal o en un comedor, vale más que cualquier escenario iluminado.