SANTUCHO VIVE EN LA LUCHA QUE NO TERMINA
Un día como hoy Destacado

SANTUCHO VIVE EN LA LUCHA QUE NO TERMINA

(★) .- A medio siglo de su caída en combate, la figura del líder del PRT-ERP sigue siendo un espejo incómodo para un tiempo sin utopías.

El 19 de julio de 1976, una patrulla del Ejército tomó a sangre y fuego un departamento en Villa Martelli. Allí cayó Mario Roberto Santucho, secretario general del PRT y comandante del ERP. Tenía 39 años. Con él no murió solo un hombre: murió una época, un país que había sido capaz de parir la posibilidad de pensar otro mundo más allá de la conciliación de clases. Cincuenta años después, sus restos siguen desaparecidos, pero su ejemplo sigue siendo una piedra en el zapato de los que quieren enterrar la memoria.
Santucho no fue un conductor de masas ni un gran orador. Fue, ante todo, la expresión más pura de una convicción. Convencía porque era el más creyente de una generación de creyentes. Su fuerza no venía de la teoría ni de la oratoria: venía de la fe, la pasión y la voluntad. Esa trilogía, tan desprestigiada hoy, sigue siendo indispensable para evitar el destino oscuro que nos acecha. En tiempos donde la política se ha vuelto gestión y el militante se ha vuelto funcionario, la figura de Santucho contrasta como un recordatorio de que hubo quienes entregaron todo sin esperar nada para sí.
Hubo errores, claro. El PRT-ERP cayó en el militarismo, descuidó la política, subestimó a las Fuerzas Armadas y no supo replegar a tiempo. Pero ninguna crítica hecha desde la parálisis actual tiene legitimidad. ¿Con qué derecho se juzgan los excesos de voluntad desde la carencia absoluta de la misma? Esta época desencantada, banal y alevosa tiene severas dificultades para abarcar una figura tan potente. Las críticas al voluntarismo solo pueden hacerse desde una voluntad lúcida, no desde la cobardía disfrazada de realismo.
Lo que Santucho simbolizaba era el peligro revolucionario. Con él vivo, la derrota era inconcebible. Con él vivo, el poder sabía que iba a ser desafiado. Desde aquel 19 de julio, ese peligro dejó de acechar desde los montes, los cañaverales y las fábricas. Sobrevinieron los días chatos e intercambiables, la vida se volvió huidiza. Pero la historia no se detiene. La leyenda de Santucho puede ser reactivada por una nueva voluntad de poder popular, junto al hermoso peligro que conlleva. Porque la derrota, en contra de tanta evidencia acumulada, no es tan irreversible como parece.