Durante casi todo el siglo XX, el Primero de Mayo fue una fecha ausente del calendario oficial del sindicalismo estadounidense. Mientras trabajadores de todo el mundo marchaban para honrar a los mártires de la sublevación de Haymarket de 1886 en Chicago, los patrones locales empujaban a sus empleados a celebrar solamente el Día del Trabajo en septiembre, dejando la fecha original —el verdadero día de los trabajadores— para la izquierda, los activistas migrantes y algún que otro mitin socialista. Esa época se terminó.
Este 1 de mayo, consejos laborales desde Milwaukee hasta Carolina del Norte, desde sindicatos de trabajadores de supermercados hasta gremios docentes, están saliendo a las calles con una consigna que va al hueso de la crisis actual: Trabajadores por encima de los multimillonarios. La magnitud y el carácter de las movilizaciones de este año representan algo inédito: la reincorporación formal del movimiento obrero organizado de Estados Unidos al Día Internacional de los Trabajadores, a escala nacional, por primera vez en generaciones.
Cuando el pueblo de Minnesota paralizó su estado para protestar contra la ocupación de ICE en enero, la AFL-CIO, el SEIU, los docentes, Unite HERE y la ATU estuvieron al frente, demostrando lo que es posible. Con temperaturas de 30 grados bajo cero, más de 100 mil trabajadores y residentes marcharon y detuvieron buena parte de la economía, forzando una retirada federal parcial. Esa acción es el modelo para hoy.
Las demandas que los trabajadores llevan a las calles reflejan el peso del momento actual. Las corporaciones libran una ofensiva coordinada contra salarios y beneficios, incluso mientras sus ganancias se disparan. La AFL-CIO ha documentado que las mujeres trabajadoras y las personas racializadas serán quienes más pierdan, a medida que los empleadores se apresuran a desplegar inteligencia artificial —muchas veces sin consentimiento de los trabajadores— para contratar, monitorear, evaluar e incluso despedir personal. Casi el 80% de quienes verán sus empleos eliminados por la IA en la próxima década podrían estar ganando menos de 38 mil dólares al año. Sindicatos como el de los estibadores y el de los trabajadores gastronómicos de Las Vegas han comenzado a incluir protecciones contra la IA directamente en sus contratos, exigiendo negociación antes de cualquier implementación.
Las corporaciones, por su parte, se han lanzado a desmantelar los programas de equidad e igualdad de oportunidades sin rendir cuentas públicamente. Trabajadores y organizaciones comunitarias están boicoteando a las empresas que lideran ese retroceso, en particular a Target. Y los inmigrantes de costa a costa siguen siendo marcados para la deportación y el acoso, mientras la clase dominante intenta dividir a los trabajadores y enfrentarnos unos contra otros.
La dimensión internacional de este Primero de Mayo no puede separarse de la doméstica. La intervención militar del régimen Trump en Venezuela demostró que este gobierno no respeta la ley. Un bloqueo petrolero asfixia ahora a Cuba, que ha soportado más de 65 años de cerco económico por el simple hecho de haber elegido construir una nación soberana. Y la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán —cuyos trabajadores han sufrido durante mucho tiempo las sanciones— convierte a un movimiento obrero antibélico en una necesidad. Con el régimen Trump exigiendo un nuevo presupuesto militar de 1,5 billones de dólares, pagado con recortes a la educación, la salud y otros servicios, queda claro que sus guerras son un ataque contra toda la clase trabajadora, tanto en el extranjero como aquí en casa.
Este Primero de Mayo, el movimiento obrero llama a los trabajadores a exigir que los funcionarios electos —desde los concejos municipales hasta el Congreso— se enfrenten a la ofensiva contra el pueblo trabajador. La consigna de la movilización —Ni trabajo, ni escuela, ni compras— es un ejercicio explícito del principal poder que tienen los trabajadores: la retirada colectiva de su fuerza laboral. Las demandas son concretas y alcanzables: aprobar la Ley PRO, gravar a los ricos, financiar plenamente las escuelas públicas y la salud, proteger a los trabajadores inmigrantes, terminar las guerras, frenar el libre albedrío de la IA, restaurar la igualdad de oportunidades en el empleo y salvar la democracia constitucional.
Las grandes corporaciones y los negocios están usando su influencia para sofocar el poder obrero y amañar las reglas de la economía a su favor. Quieren deshacer el progreso que el movimiento laboral ha conseguido durante décadas para obtener salarios dignos, salud de calidad, seguridad en la jubilación y protecciones más fuertes en el trabajo. Pero la historia está de nuestro lado, y nos negamos a retroceder. El Primero de Mayo comenzó en Estados Unidos. Este año, vuelve a casa.