Aldous Huxley escribió en 1949 una carta a George Orwell, que acababa de publicar 1984. No era solo un elogio. Era una discrepancia de fondo. Huxley le decía que los gobernantes del futuro no necesitarían garrotes ni calabozos. Encontrarían métodos más eficaces: moldearían a la gente desde pequeña, la mantendrían entretenida, aliviarían su malestar. Lograrían algo mucho más inquietante: que aceptaran su servidumbre sin violencia. Orwell creía que el poder aplasta. Huxley creía que el poder seduce. Orwell imaginó un mundo donde te obligan a mirar una pantalla. Huxley imaginó un mundo donde no querés apartar la vista de ella.
Huxley no era un escritor cualquiera lanzando intuiciones. Venía de una de las familias intelectuales más extraordinarias de Inglaterra. Su abuelo fue Thomas Henry Huxley, el gran defensor de Darwin. Su hermano mayor, Julian Huxley, fue el primer director de la UNESCO. Su otro hermano, Andrew Huxley, ganó el Premio Nobel de Medicina. Huxley creció en una familia donde la ciencia era casi una religión civil. No desconfiaba del progreso por ignorancia, sino porque lo conocía demasiado bien. A los 16 años sufrió una enfermedad ocular que lo dejó parcialmente ciego y lo apartó de la carrera científica. Pero eso agudizó su mirada crítica sobre las promesas del progreso moderno. En los años 20, pasó por la Italia de Mussolini y vio el poder clásico, el de uniformes y propaganda. Después viajó a Estados Unidos y encontró algo muy distinto: una sociedad entregada al consumo, al espectáculo y a la satisfacción inmediata. Ese contraste fue decisivo. En un lado vio cómo el poder se impone. En el otro empezó a intuir cómo también se compra.
En Un mundo feliz, la humanidad ya no nace, se fabrica en laboratorios estatales. Los embriones se diseñan en serie y se dividen en cinco castas: alfa, beta, gamma, delta y épsilon. Cada casta está genéticamente preparada para amar su lugar en el mundo. Desde bebés, mientras duermen, escuchan grabaciones que les enseñan lo que deben desear. Los alfa escuchan lo afortunados que son por ser alfa. Los épsilon escuchan lo maravilloso que es no tener que pensar. Cuando crecen, todos están enamorados de su destino. La familia fue abolida. La palabra "madre" es una obscenidad. El arte clásico, la filosofía y la religión fueron borrados, no por decreto, sino porque exigen esfuerzo. El estado los reemplazó con entretenimiento sensorial constante y consumo infinito. Y cuando asoma la tristeza o la duda, está el Soma: una pastilla que el propio estado reparte y que elimina instantáneamente la ansiedad, la ira o la tristeza. No reprime la rebelión con castigos. La disuelve en euforia química.
En 1958, Huxley escribió Nueva visita a Un Mundo Feliz y confesó que se había equivocado. Las profecías de 1931 se estaban cumpliendo mucho antes de lo que pensó. Ese mismo año, en una entrevista con Mike Wallace, dijo que los dictadores del futuro obtendrían el consentimiento de los gobernados usando sustancias como el Soma y técnicas de propaganda que apelan al subconsciente y las emociones más profundas. "Haciéndolo realmente amar su esclavitud", dijo. "La gente puede ser feliz bajo el nuevo régimen, pero serán felices en una situación en la que no deberían ser felices". Hoy, el mercado mundial de antidepresivos supera los 19.000 millones de dólares. Una persona promedio pasa casi 7 horas al día frente a una pantalla. En la Generación Z, esa cifra supera las 9 horas diarias. El Soma lo distribuía el Estado. En nuestro mundo lo distribuye el mercado. El principio es el mismo: mantener a la gente lo suficientemente entretenida y anestesiada como para que no tenga tiempo de preguntarse qué está pasando.