La filósofa mexicana Katya Colmenares abrió su exposición con una tesis que no admite medias tintas: la modernidad no es un proyecto incompleto ni emancipatorio, sino un programa de dominación y muerte cuya esencia se puede ver hoy con total claridad en Palestina. "Israel es si Palestina no es", parafraseó, invirtiendo el principio Ubuntu del "yo soy si tú eres" para mostrar la lógica depredadora que atraviesa a esta civilización. Según Colmenares, el 2026 nos encuentra en un momento donde la modernidad ya no se esconde: guerras simultáneas, genocidio transmitido en alta definición y un puñado de multimillonarios decidiendo el destino del planeta.
La conferencista, continuadora del legado de Enrique Dussel, explicó que la modernidad arranca en 1492 con un "ego conquiro" —un yo conquisto— que luego se transforma en "ego cogito", el yo pienso. Pero no son dos momentos distintos, sino dos caras de una misma subjetividad que convierte todo lo que toca en objeto. "Conocer para la modernidad es imponerle ser a la realidad", afirmó, citando al filósofo boliviano Juan José Bautista para quien el método científico moderno es análogo a la tortura: desmembrar la realidad para que hable, pero que diga lo que el sujeto quiere escuchar. Esa relación sujeto-objeto, dijo, no es natural ni universal, sino una construcción histórica que borró otras formas de conocimiento.
Colmenares fue contundente al rechazar la nostalgia por salvar algo de la modernidad. "Atribuimos a la modernidad cosas que son de la humanidad", sostuvo, señalando que la ciencia, la tecnología y la racionalidad existían en todas las civilizaciones antes de que el proyecto moderno las secuestrara y las vaciara de ética. El problema de fondo, insistió, es que la modernidad separó la ciencia de la vida: hoy se puede producir una bomba nuclear y una cura contra el cáncer sin contradicción lógica, porque ambas responden a la misma razón instrumental. Y quien pone los fines, agregó, es el capital.
La filósofa recuperó a Marx para mostrar cómo el capitalismo necesitó destruir las comunidades para producir un "pobre absoluto", un individuo sin tierra ni lazos que no tenga más remedio que venderse a sí mismo. "La modernidad y el capitalismo son dos caras de un mismo proyecto", resumió, y advirtió que hoy estamos en un punto donde la promesa de la modernidad —cristianízate, civilízate, democratízate— se ha agotado. "Ya no hay disyuntiva, hoy es simplemente 'te mato' porque quiero hacer un resort turístico", sentenció.
Frente a este diagnóstico, Colmenares propuso la transmodernidad como horizonte, un proyecto que Düssel llamó "ecoceno": poner la vida en el centro de toda política, economía y ciencia. "La razón es una astucia de la vida", recordó, y llamó a reconectar con la "hermosa codependencia" que nos constituye como especie. La descolonización, dijo, es un proceso de desmodernización que implica desprenderse del espíritu de dominación, no de la ciencia ni del conocimiento. "Si después de quitarle ese espíritu queda algo de la modernidad, no tenemos problema. Pero vamos a ver si queda algo", desafió.