La doctora Teresa Rodríguez de la Vega, profesora del Centro de Estudios Sociológicos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, arrancó su exposición dejando claro que tanto el marxismo como el feminismo caminan por dos carreteras que deben ir juntas: la teórica, que explica cómo funciona el sistema, y la programática, que define cómo luchar contra él. "Si la teoría va para un lado y el programa para otro, ya no funciona", advirtió.
Rodríguez de la Vega explicó que el concepto de trabajo es central en el marxismo no solo como categoría económica, sino como lo que nos hace humanos: la capacidad de transformar el entorno para satisfacer necesidades y generar nuevas aspiraciones. Pero fue en el capitalismo donde el trabajo se volvió una mercancía que se compra y se vende a cambio de un salario, y ahí apareció la explotación. La clave está en el plusvalor: el trabajador produce más valor del que recibe en su salario, y esa diferencia se la queda el dueño de los medios de producción.
La ponente destacó que el feminismo marxista, desde sus primeras figuras como Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin, se preguntó cómo participan las mujeres en la explotación capitalista y cómo se incorporan a la lucha. La gran innovación fue visibilizar el trabajo doméstico como un trabajo que produce la mercancía más importante del sistema: la fuerza de trabajo. "Producimos huevito con jamón, calcetín surcido, cama tendida, y con eso estamos produciendo al trabajador que va a la fábrica, pero no nos pagan por ello", señaló.
Rodríguez de la Vega explicó que el capitalismo creó la figura del ama de casa como un "outsourcing" perfecto: el salario familiar sostiene a una dependiente económica que realiza trabajo no pago las 24 horas del día, los 7 días de la semana. "No hay mano de obra más explotada que aquella que no está amparada por un salario", afirmó, y recordó que esta hiperexplotación se naturaliza mediante la ideología patriarcal, igual que el racismo se usó para justificar la esclavitud.
Finalmente, la doctora planteó el debate entre las feministas marxistas de primera generación, que proponían incorporar a las mujeres a la relación salarial plena, y las feministas italianas de los años 70 como María Rosa Dalla Costa y Silvia Federici, que advirtieron que eso solo generaría una doble jornada. Su propuesta fue exigir salario para el trabajo doméstico, una provocación política que abre la puerta a imaginar programas que rebasen la mera administración de la explotación.