La presentación del libro "Teoría de la dependencia digital. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI", de Cecilia Rikap, celebrada en el marco del Programa de Estudios Críticos en Ciencia, Tecnología e Inteligencia Artificial (CienTIA) de la FaHCE y el IdIHCS, no fue un acto académico más. Fue la puesta en escena de una tensión que atraviesa a toda la sociedad: la promesa tecnológica que se presenta como inevitable choca contra la realidad de un puñado de corporaciones que deciden, sin legitimidad democrática, el rumbo del conocimiento global. La actividad, presentada por la vicedecana Aurelia Di Berardino, reunió a la autora con un público que buscaba respuestas, pero que encontró preguntas más profundas sobre el presente y el futuro.
Rikap, economista formada en la universidad pública argentina y profesora en University College London, trazó un mapa del capitalismo contemporáneo donde la teoría de la dependencia se vuelve una herramienta vital para leer el presente. La autora no solo actualizó el binomio centro-periferia, sino que lo resignificó: Europa, dijo, también es periferia ante el poder de las grandes firmas tecnológicas, y las comunidades alrededor de los centros de datos en Estados Unidos viven condiciones que poco tienen que ver con la imagen de la potencia global.
La mirada crítica de Rikap se centró en que el conocimiento se produce colectivamente, pero es apropiado por unos pocos. Las grandes empresas de tecnología actúan como Estados que nadie eligió, con agencia geopolítica propia que impone agendas de investigación y define qué es conocimiento válido. La inteligencia artificial generativa no es neutral, sino un método que se impone como único, cercenando el pensamiento crítico. La adopción acrítica de estas tecnologías, incluso en las escuelas, disciplina a futuros trabajadores, y la promesa de un "campeón nacional" es una ilusión: empresas como Mercado Libre operan con la misma lógica extractiva que las gigantes estadounidenses.
Frente a este diagnóstico, Rikap planteó una moratoria a los centros de datos privados, pero impulsó el desarrollo de infraestructura pública y capas intermedias de software para que el Estado y las universidades recuperen capacidades. La discusión es política: decidir democráticamente qué tecnologías queremos, con qué fines y para quién. El rol de los sindicatos, los centros de estudiantes y los ámbitos públicos se vuelve central. La reforma universitaria de 1918, recordó, muestra que es posible democratizar instituciones. El conocimiento será crítico o será cómplice, y la elección aún no está sellada.